
Y se encontró con él, frente a frente.
Era tan parecido pero tan demacrado. Tenía una sombra de muerte, una oscuridad que lo rodeaba. Su piel era muy parecida a aquella mancha que alguna vez lo agobió. Sus ojos destilaban un dolor rojo sangriento, casi como si fueran a dejar escapar el precioso líquido en cualquier momento.
Miraba a Rasho con fanfarronería, con un orgullo y burla.
Sobre aquél deforme residían muchas cosas, muchos dolores, muchos sufrimientos. Las heridas en su pecho, espalda y brazos sangraban como un manantial imparable; su pecho era la fuente mas abundante y principal.
Esta figura tenía un arma filosa y bien aferrada: un tridente terrible.
Pero Rasho veía esto con miedo. Ya no era el odio terrible que alguna vez le tuvo. Tenía miedo, miedo de ser él el que estuviera ahí.
La pelea comenzó y Rasho sólo esquivaba mientras lo observaba. Lo observaba pensando en qué lo había llevado a estar así, tan triste y demacrado.
Y en una de esas, el tridente tocó su pecho y hubo una explosión de luz.
Ahora Rasho se encontraba dentro de sí, en un cuarto oscuro en lo más profundo de su intimidad... y frente él estaba él, pero aquel él demacrado.
On May 24 2013 at Merida, Yucatán, Mexico 7 Views

Peponsio1988 On 24/05/2013
Y el Señor asintió con una gran mirada de compasión.
-Ven conmigo, Hijo mío. Te enseñaré como hacerlo.
Y Rasho lo siguió.
El Señor, con gran amor y cuidado se acercó al Rasho caído,y sin asco y tan siquiera dudar. Puso su mano sobre su espalda y luego lo abrazo llorando.
Y entonces Rasho lo sintió, sintió con su otro yo y comenzó a llorar.
Era tanto el amor que se derramaba y sentía en sus heridas. Tanto el amor que lo abrazaba a pesar del asco que sentía de sí mismo. La vergüenza. Tanto amor.
Era consciente que no era digno pero que al fin y al cabo eso era regalado. Totalmente dado y limpio.
¿Por qué era así consigo mismo? ¿Por que su orgullo endurecía su corazón a ese nivel?El quería responder a la misión que le habían encargado desde sí mismo... olvidando a quién lo había llamado. Olvidando que el que lo había llamado así, pecador y necesitado.
Sin mil capacidades. Solo así, pequeño.
Rasho no sabía cuanto pasaría para que el pudiera entender esto, pero decidió abrazarse a sí mismo, al "él" del suelo. Y lo abrazó con amor, con verdadero cariño, con todo lo que sentía y con compasión. Con verdadero amor.
No sabía cuanto tardaría en poder amarse y entender. Pero estaba seguro que con su Señor ahí... todo sería posible. Él podría sanarlo y ayudarlo a vencer a este enemigo para siempre.

Peponsio1988 On 24/05/2013
Su otro yo estaba en el suelo... llorando profundamente, sangrando increíblemene y aislado. Solo. Había perdido a pocas personas pero tan importantes. Había sufrido tantas cosas que su corazón estaba destrozado. Tenía vergüenza de si mismo, de su debilidad, de su pecado. Le dolía el orgullo y sufría el no aceptarse tal y como era.
Al fin y al cabo ¿Qué realmente tenía de malo en sí?
Sufría mucho por sí mismo. Era el primero que se castigaba por cada palabra que salía de su boca, por el dolor que había causado a los demás. Se castigaba por pensar que los demás lo considerarían imperfecto, tonto, cerrado o de alguna manera no ideal. No el Rasho que debería ser, sino el Rasho que era.
Y entonces apareció Él, Aquél que es la Vida, la Verdad y el Camino.
El Rasho sano de arrodillo y un profundo sentimiento de aprecio y adoración nació de su corazón.
-Mi Señor, ¿qué debo de hacer?- pregunto Rasho.
El Señor lo miró con profundo amor y le dijo:
-¿Qué quieres hacer contigo?- y señalo al pobre Rasho que estaba tirado.
Rasho se volteó a ver y sintió una profunda compasión.
-Quiero amarme y ayudarme, limpiar mis heridas y cuidar de mí. Quiero hacer conmigo lo que pocas personas han hecho. Quiero hacer lo que tú has hecho conmigo.
Esto lo dijo mientras las lágrimas brotaban con gran fuerza de sus ojos.