Escupió al suelo. La mezcla de sangre y saliva no la asustó.
Su labio inferior estaba partido. Por el puñetazo. Por su mohín de disgusto.
—Hijos de puta. Os voy a hacer tragar vuestra propia mierda.
Otro golpe le cayó encima. Sus rodillas cedieron. Su mejilla impactó contra los casquillos de sus últimos disparos. No había sido la primera en precipitarse, otros tres lo habían hecho antes que ella. Y se juró que tampoco sería la última en hacerlo.
Notó como la agarraban del brazo. Se resistió y la levantaron por el pelo. Miró a su agresor. Era una sombra negra, un rostro sin identidad, un cadáver para la fosa de los olvidados.
Otro de tantos.
En cuanto la pusieron en pie no se lo pensó. No le quedaban balas, tampoco humor para negociar. Así que fue a por él con un cabezazo. Le dio en la barbilla, logró aturdirlo y lo condenó. Alzando una mano le clavó las uñas en la mejilla, tiró de ella, se la despedazó, tiró otro poco… hasta poder agarrarlo también con su otra mano. No vaciló.
Sonó el chasquido de una nuca al romperse. Fue lo único que escuchó antes de que un golpe en la nuca apagara la luz.
Gasolina.
Fue el primer pensamiento que rozó su mente consciente. Olía a gasolina.
Con una mueca, abrió bruscamente sus ojos y se puso a otear su alrededor. Estaba en un pabellón de lata oxidada. Aparte de ella, no había nada más.
Movida por su instinto de supervivencia se revolvió en el sitio. Sólo sirvió para clavarse un poco más las cuerdas que le ataban las muñecas. Fue instantáneo: apretó la mandíbula con furia y clavó violentamente los pies en el suelo.
—Un puto tiro en la nuca, no pedía más —sus ojos se entrecerraron, adoptando la forma de afiladas cuchillas—. Sólo un jodido tiro.
Y antes de poder escuchar el eco de sus palabras, un atrevido susurro rozó su oreja.
—Eso habría sido demasiado sencillo, Boss.
Rina Boss no se molestó en ladear el rostro. Sabía quién le estaba hablando. Lo sabía demasiado bien. Sus manos se tensaron y su mirada se iluminó con una lumbre homicida.
—No me gustan las cosas difíciles.
Notó como pasaba a su lado. Una sombra de rizos negros que estuvo a punto de erizarle el vello de la nuca. Sus ojos no se movieron y siguieron clavados en el frente. No obstante, la devastadora presencia de ella no era algo posible de ignorar. Sorda, ciega o muerta la habría captado.
—Mientes —replicó Desire colocándose ante su presa—. Yo te gusto.
Rina desvió la vista a un lado. No porque los ojos de ella encerrasen un universo inconcebible para el sentido humano. Que tampoco lo negaba. Sino para enfatizar le seca risilla que le irritó la garganta.
—No. Con una bala entre ceja y ceja me gustarías —corrigió. Aún sin pistola, sabía apañárselas para disparar—. Así sí que serías fácil. Concisa. Encantadora.
Entrecerró los ojos cuando ella se sentó sobre sus piernas, a horcajadas, pasándole los brazos por los hombros. Desire en cambio esbozó una sonrisa… una brecha de dulzura en su aura depredadora.
—Vuelves a mentir —le pasó una mano por su rostro impasible. Entonces, enarcó una ceja y sin un ápice de tensión en su rostro que delatase sus intenciones, le arañó la mejilla. De arriba abajo, sin piedad, trazó cuatro lacerantes heridas en su piel.
Con un bramido de ira, se sacudió. No le sirvió de nada, sólo para acercar su cuerpo contra el suyo.
En aquella eternidad, ellas eran dos cristales rotos. Fragmentos diferentes de un mismo espejo, encajando con una perfección existencial que les impedía lacerarse. La unión de aristas que sólo sabían cortar, que habían mutilado toda mano que se les había tendido. Nadie las entendía, ni nadie había llegado a su altura. No obstante, todos sabían que ni siquiera el Cielo perdonaría sus pecados y que ni el Infierno conseguiría tentarlas. La tierra tampoco representaba más que un vulgar satélite orbitando a su alrededor.
Porque ellas habían domado al Azar. Se lo rifaban a tiros cada amanecer, para decidir quién ganaría la siguiente mano de póker.
Liaban sus cigarrillos con billetes de quinientos, usaban monedas de cinco céntimos para pagar diamantes.
Imposible era el nombre que grababan en las esquelas de sus víctimas.
Se reían al escuchar la palabra Destino; disparaban cuando la volvían a repetir.
— ¿Qué coño quieres de mí?
— ¿Qué coño no quieres tú de mí?
Sus miradas se encontraron, sus pulsos se aceleraron. La adrenalina envenenó su sangre y sus pupilas crecieron significativamente; gracias a ello, fueron capaces de seguir observándose a pesar de la hueca oscuridad que nacía de sus sombras. Sabían que si seguían desfigurándose de aquel modo, su escenario se desintegraría. Volverían a la nada. Volverían a crear el mundo. Volverían a destruirlo.
—Llevabas mucho tiempo sin encontrarme, Boss.
—Perra hipócrita —le espetó con ardor—. Hasta Dios es menos indiscreto que tú y tu puta omnipresencia.
—Así que me sientes. Siempre.
—Siempre me da menos el coñazo.
Tan limitadas la una a la otra. Tan in
On January 24 2012
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mister_torture
On 24/01/2012
Te has cometnado, recomentado, rerecomentado... me lo leería aunque sólo fuera por la foto y el título, pero e smuy tarde. De momento me conformo con verte este fin de semana ;)
kanda23
On 24/01/2012
3 eternidades van, XXV. Y aún me debes 115.
Y una mafiosa siempre cobra lo que le deben
kanda23
On 24/01/2012
Apenas lo dijo, dejó caer el Zippo al suelo.
Rina Boss no cerró los ojos cuando las llamas lamieron los círculos de gasolina que la rodeaban. Sus párpados no bajaron ni una milésima de segundo.
El tiempo suficiente para verla desaparecer. Como si nunca hubiese estado, como si todavía no se hubiera ido.
Con el averno avanzando hacia sus pies, escupió al suelo.
O hacía algo en menos de veinticinco segundos o estaba muerta.
Y en vez de resistirse, de tirarse al suelo a ella y la silla para quemar sus cuerdas con las llamas más tímidas, gastó los primeros dieciocho segundos en algo mucho más útil.
—Te juro por ti, ¿me oyes? ¡Juro por ti que te voy a tatuar vendetta en la piel de tu orgullo!
Seguramente, no podría oírlo.
Pero estaba segura de que la había escuchado.
kanda23
On 24/01/2012
—¿Tienes fuego? —le preguntó repentinamente. De la nada, su sonrisa también había vuelto. Seguía sentada sobre ella, pero no lo suficientemente cerca como para protegerla del frío que fisuraba su piel ardiente.
Con la mirada encendida de sombras, Boss la desposeyó dolorosamente de su atención. La arrancó de su visión, la apuñaló una y otra vez en las entrañas de sus pensamientos.
Entonces, Desire decidió buscar por sí misma. Sus dedos palparon sus pantalones, metiéndose en uno de los bolsillo. De él, sacó un Zippo.
—Cerca del otro fuego, ya veo.
Rina ni siquiera se tomó la molestia de escupirle toda su ira. Había alzado la cabeza de golpe y sus ojos estaban abiertos de par en par. Aún no la había vuelto a mirar, en vez de eso, observaba el suelo.
Sus pensamientos habían hilado un oscuro vaticinio.
—No te atreverás.
—Oh, sí.
Sólo en ese instante, Desire se levantó.
—Quieres matarme.
La diosa se rió sonoramente, con el eco de sus risas como vasallo. Y se inclinó sobre ella para dejar un milagroso roce de labios en su mejilla sana.
—A mí nadie me olvida, Boss. Mucho menos tú —le susurró al oído, para luego separarse definitivamente de ella—. Después de esto… vas a querer atraparme. Te lo aseguro.
kanda23
On 24/01/2012
Acompañado del sonido de la tela rasgada, su camisa perdió todos sus botones.
— ¿Hum? ¿Sin sujetador? Te estoy pegando malas costumbres, Rina —no le dio tiempo a coger aliento. Su otra mano cayó cual condena por su estómago, colándose en su pantalón. La espalda de su prisionera se arqueó, en un impulso indomable que no hizo sino entregarla todavía más a ella. Violentamente, golpeó su cuerpo con el suyo, pegando su ropa a su desnudez, arañándola de tentación— ¿Y ahora? —inquirió con gelidez, lamiendo con su aliento la herida de su mejilla— ¿Me sientes más?
— ¡M*erda! —rugió Boss, con su inmovilidad traicionada por sus estremecimientos.
—Parece que esta vez me tocará pagar a mí.
—¡Vas a tener que robarme, pequeña put*!
—Dicho ha sido. Hecho será.
Y sus labios mordieron los suyos, sus dientes despedazaron su respiración. Mientras su lengua arrinconaba la suya. En aquel momento, Rina la dejó avanzar, abrió de par en par las puertas a su abismo. Pero cuando las cerró para encerrarla… ella ya se había apartado.
kanda23
On 24/01/2012
Tan limitadas la una a la otra. Tan inmensas cuando se clavaban dientes.
La sonrisa de Desire desapareció. Rina frunció el ceño y por primera vez, se estremeció. Sabía qué pasaba en aquellos momentos. Eso también lo conocía demasiado bien.
Aquella cara sin rostro sólo aparecía cuando no había mirada ni brillo de colmillos que pudiesen expresar todo lo que estaba hirviendo de ella. Su expresión era una ecuación que daba error a las cuentas del Infinito, un código silencio que haría saltar los tímpanos de la música.
Por eso Rina no fue capaz de prever lo que vendría a continuación.
No pudo bajar la barbilla a tiempo para salvar su vida, no pudo tirarse al suelo para equivar sus manos. No pudo comprobar por sí misma que, de haber tenido la oportunidad de hacerlo, tampoco lo habría hecho.