Hubo una etapa de mi vida en la que - al igual que el protagonista de la canción “Tu mismo” de WARCRY – todo me iba mal y me sentía perdido en la oscuridad sin saber a donde ir.
En esos momentos en los que de mi vida se esfumo todo el color, en lugar de aferrarme a la verdad que encierra la máxima de Unamuno “Jamás desesperes, aún estando en las más sombrías aflicciones, pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante”, deje que fuera Dante Alighieri el encargado de elevar la moral de combate de mis tropas con la arenga “Oh, vosotros, abandonar toda esperanza, pues no hay salvación”.
Con objeto de no llevarle la contraria a mi particular consejero espiritual durante aquellas horas tan amargas, a parte de quebrar el silencio de mi habitación con los sonidos agónicos de grupos corta – venas surgidos del frío de Finlandia, me entregue en cuerpo y alma a la lectura de libros en los que tenían cabida historias protagonizados por tipos prisioneros de emociones desbocadas, y que, por cortesía de la depresión profunda, la angustia, la paranoia, los celos y el amor enfermizo se acercaban peligrosamente al borde del abismo.
De aquellos días – a parte de la lección “nunca la noche venció a un amanecer” – guardo con especial cariño las gratas horas que me brindo la lectura de “El Monje”, novela escrita en 1796 por Matthew Gregory Lewis, y que a parte de ser la obra cumbre del genero gótico esta considerada como el primer Best Seller de la historia.
Como es habitual cuando el séptimo arte atrapa entre sus garras una novela que nos ha reportado grandes sensaciones, la segunda adaptación que se ha hecho a la pantalla grande de la novela de Lewis, a mi juicio, es un autentico despropósito que haría revolverse en su tumba al mencionado escritor.
Treinta y nueve años después de que Adonis Kyrou – a partir de un guión escrito entre otros por Luis Buñuel – plasmase en imágenes la novela que en su día unos calificaron como obra maestra del ingenio, y otros de blasfema y obscena, Dominike Moll ha hecho lo propio.
Moll – director y guionista de “Le Moine”– como buen “gabacho” que es ha hecho uso y abuso de la guillotina, circunstancia esta que ha reducido la carga de profundidad que contenían las 548 páginas de la novela a 101 minutos que se hacen eternos, y en los que el ajuste de cuentas con la iglesia Católica brilla por su ausencia a favor de las andanzas de un monje con la mente bastante calenturienta.
Si en la novela se daban cita la historia de Ramón y su fatídico amor por la desdichada Inés, y el descenso a los infiernos del libidinoso y blasfemo monje Ambrosio, en la película es esta última la que acapara todo el protagonismo.
El duro Vincent Cassel – que tiene tanto de hombre de Dios como yo de estibador del puerto de Hamburgo – da vida al Cappuccino Mateo Ambrosio, un hombre que al nacer fue abandonado en las puertas de un monasterio, monasterio que ha sido para él su única casa, y donde a muy tierna edad encontró su razón de ser: transmitir la pureza del mensaje de Dios al pueblo, a esa masa de hombres y mujeres cuyas almas pecadoras los empujan a caer en los pecados de la carne.
Gracias a la ardiente defensa de La Fe que hace desde el pulpito pronto se convierte en el orador más apreciado y seguido, en el pastor cuyas palabras alimenta el espíritu de los miembros del descarriado rebaño de Dios.
Serán sus palabras y su porte las que no tarden en convertirle en el objeto de deseo de aquellas jóvenes que, entradas en la pubertad, no pueden evitar ser dominadas por sus instintos.
Valeria (Déborah François) – una de esas jóvenes – será la encargada de demostrar la certeza de la máxima “la carne es débil” al casto Ambrosio, a ese Soldado de Dios que - tras recomendar a sus feligreses el rezo como la mejor arma para luchar contra las tentaciones que El Demonio pone en su camino – ve como la pureza de su alma es mancillada por los deseos propios de un hombre.
Leída la novela y vista la adaptación de la misma, la conclusión es que lo que podía haber sido una gran película sobre como la tentación es capaz de robarnos la razón, y llevarnos a recorrer un camino lleno de espinas, se ha quedado en algo tan baldío como lo es, oraciones nocturnas mediante, rogar a Dios que evite que los golpes de La Vida nos claven con clavos de nueve pulgadas a nuestra propia cruz.
http://youtu.be/3PPL5MzX-6g
On February 03 2012
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