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GROUCHO Y SUS HERMANOS
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Si la anticipación con la que debo preparar esta página -que es de ustedes- no me induce a error, calculo que cuando tengan la bondad de leerla (1995) estará a punto de cumplirse el ciento cinco aniversario de Groucho Marx, nacido en octubre de 1890.
¡Groucho, centenario! Con lo invulnerablemente joven que sigue resultando... Nadie puede saber con certeza qué figuras representarán en la imaginación de nuestros descendientes este siglo que hemos vivido y que ya comenzamos a despedir ¿Proust, Kafka, Picasso? ¿Orson Welles, Bertrand Russell, Einstein? ¿Hitler y Stalin, con una mención a pie de página para Gandhi? En cualquier caso, si a mí me preguntaran desde el futuro con quién quedarse (consulta que no parece probable) yo les aconsejaría que optasen por Groucho y lo demás se lo dejaran a los especialistas. El siglo de Groucho Marx: con eso basta, realmente. Pero no tendremos tanta suerte... (En efecto, no parece que vayamos a tenerla. Aunque probablemente sea mejor así. Un año después de escribir estas líneas coincidieron el mismo verano el vigésimo aniversario de la muerte de Groucho y la de Elvis Presley. En torno a la tumba del segundo se acumularon las más horrendas romerías, acompañadas de la venta de reliquias y estampitas. Para el primero no hubo flores, ni arpegios: por sus frutos los conoceréis. Claro que cualquiera se atreve a enflorar una lápida cuyo epitafio es una simple excusa: «Perdone que no me levante».)
Sin pretensión doctoral, porque eso también constituye mal síntoma, Groucho diagnosticó como nadie la peor plaga que hace estragos a nuestro alrededor y en cada uno de nosotros: tomarse demasiado en serio a sí mismo. El arrogante que sólo se reafirma humillando al vecino, el vanidoso que quiere que todo el universo esté pendiente de su capricho o de su look, el violento que está dispuesto a matar por su manía favorita (lo que él llama su derecho, identidad, patria, proyecto de futuro, etcétera), el rapaz convencido de que la menor de sus comodidades merece pagarse con una montaña de privaciones ajenas, el que se considera sabio porque tiene cien títulos y una oratoria pomposa o sublime...; todos ellos son casos terminales de seriedad letal, una seriedad centrada en la idolatría del propio ego. Y lo malo del que se toma en serio a sí mismo es que ya no tiene ganas ni tiempo para tomar un poquito en serio a nadie más. Porque lo único verdaderamente serio es que nada puede ser absolutamente serio, que todo monopolio de la seriedad es perverso, que la seriedad bien entendida empieza por cualquiera menos por uno mismo.
No hay seriedad autosuficiente que resista la cercanía de Groucho: su figura agachada y veloz de patinador loco funciona primero como detector de esa grave dolencia para luego servir de antídoto contra ella. Las personas que se toman a sí mismas con perfecta seriedad van muy erguidas, inflexiblemente tiesas... por fuera y por dentro. En cambio Groucho se desliza doblado entre los rígidos, como una alcayata sarcástica donde cada cual puede colgar el gorro de carnaval de su falsa cordura. En este mundo lleno de agitación y trajín, pero en el fondo desoladoramente pasivo porque cada cual no hace más que imitar los deseos ajenos, Groucho es una fiera dinámica que produce sin cesar cortocircuitos en todas las rutinas con las que se enfrenta, sea en unos grandes almacenes o en un transatlántico, en plena guerra o en una despiadada escena de amor. Su lenguaje irreverente, inconsecuente e imprudente puede que no sea un arma cargada de futuro, pero desde luego hace volar en confeti cualquier presente vigente y decente. A lo que más se parece es a ese tren del Far West que alimenta sus calderas con la sustancia de sus propios vagones y que corre fuera de las vías libremente, a través del campo. ¡Más madera y menos martirio!
Groucho Marx es el único personaje del mundo moderno con el que hubiese simpatizado Diógenes, que también debía de andar algo encorvado de tanto habitar en un tonel; Groucho es Oscar Wilde, pero sin darle importancia ni siquiera a llamarse Ernesto, es el Newton que descubrió la ley de la falta universal de gravedad y luego se comió la manzana, es como Proust pero sin tiempo que perder, es Marx aunque sin renunciar a ser Groucho.
Para llorar puedes esconderte en un rincón donde nadie te vea, pero reír necesita cómplices.O, lágrimas aparte, recordemos lo indicado por R. L. Stevenson: «Si lo deseas, puedes leer a Kant tú solo;pero una broma tienes que compartirla con alguien mas». Groucho compartió las suyas con sus muchos hermanos: con Chico, Harpo y Zeppo, con la incombustible Margaret Dumont, con Louis Calhern (el hombre que se perdió en La jungla del asfalto por culpa de Marilyn Monroe y en Roma por culpa de los idus de marzo, con niños negros o tenores italianos, con los espectadores presentes y venideros.
Desde hace más de un siglo, todos formamos parte de los hermanos Marx.

FERNANDO SAVATER








On September 15 2003 92 Views




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