Justo en ese momento, sonó el teléfono de mi padre. Un 314 en Avenida de los Toreros. Siempre igual. Cuando las cosas se ponen interesantes, papá tiene que salir corriendo. A mamá también le da mucha rabia, pero es así. Papá es policía. Como el abuelo Lucas, como la abuela Sara, como el bisabuelo Paco, como el bisabuelo Tomás, como el tatarabuelo Lorenzo, como la tía abuela Silvia, como el tío abuelo Mariano... Ya nadie recuerda cuándo empezó, pero se convirtió en la profesión de la familia. Creo que, excepto mi madre y la bisabuela Lola, no tengo un solo antepasado que no fuera policía. Cuando le pregunto a mi padre el motivo de semejante afición por pertenecer al Cuerpo, me contesta que alguien tiene que defender los derechos y las libertades de los españoles en general y los de los habitantes de San Antonio en particular. En fin...
Ya me había picado la curiosidad, así que bajé al bar a charlar un ratito con mi madre, pero Los Cachis estaba a reventar, como siempre. Mamá tampoco podía atenderme, por eso decidí seguir investigando por mi cuenta. Subí a casa y me senté junto al baúl. Había muchas fotos. En una de ellas, el abuelo Lucas y la abuela se besaban. En otra, se reían. Había fotos de ellos dos esquiando, aunque no se viera nieve por ningún lado, y otra en la que parecía que estuvieran en una playa muy rara. Encontré un billete de avión a nombre de Lucas Fernández -así se llamaba mi abuelo- para Antananarivo, en Madagascar (¿¿Madagascar??). Había también una bola del mundo bastante antigua, de ésas que se encendían presionando un interruptor. De principios de siglo, vamos... Otra nota: 'Feliz cumple, princesa. Aún podemos llegar al avión para Madagascar. L'. ¿Otra vez Madagascar? Y ni rastro del billete de mi abuela. Todo se ponía cada vez más misterioso. Pero yo me llamo Alba Fernández y soy hija y nieta de policías, así que siempre me ha tirado mucho el misterio. Fui sacando cosas del baúl, hasta que encontré un cuaderno. Lo abrí. Era su letra. La letra de la abuela Sara.
'Mi vida con Lucas
Hace tiempo que empecé a escribir este diario. Tenía 18 años y estaba convencida de que nunca podría olvidar ni un solo minuto de los que pasé a tu lado, pero quería asegurarme de que siempre me acordaría, de que podría leer nuestra historia cuando quisiera, por eso lo hice.
Y ahora ésta es también mi manera de hablarte desde que te despidiste de mí aquel día. Nunca hubiera pensado que algo así pudiera ocurrir, a ti no. Mi madre siempre lo decía: Estar con un poli tiene sus aqueles. Es como una de esas cosas que ves en el telediario y no te las crees. Sin embargo, cuando lo dijo el telediario, no me quedó otra que creérmelo. Entonces entendí de golpe todo lo que había ocurrido. Comprendí por qué me subí sola a aquel avión en Madagascar, por qué hubo épocas en las que parecías olvidarte de mí para ponerte en lo que todos consideraban el bando correcto. Fue entonces cuando lo supe.
Siempre fuiste mío, pero nunca me perteneciste sólo a mí.
Eras de mi padre y de mi madre. De Mariano y de José Luis Povedilla. De mi abuelo y de Rita. De Gonzalo y de Silvia. Nunca hubo un corazón tan grande, tan valiente y desbocado. Tenías lo mejor de mi padre, lo mejor de Mariano y lo mejor de ti mismo. El mosquetero zumbado, la nota intensa y discordante pero, sin embargo, perfecta, de un trío que jamás debió disolverse. Un trío con el que no pudo la tristeza, ni el odio, ni la mentira. Un trío al que sólo traicionó la muerte. Primero la de mi padre, de puro viejo y cansado, de puro entregado, de puro bueno. Se fue una tarde de octubre, con mi madre agarrada de la mano. Después nos dejó Mariano, que se fue en un sueño tranquilo, pero que conservaba intacta su sonrisa y esos ojos que miraban como los de un niño. Mi mano en la tuya, que no dijiste nada, que no lloraste nada, pero que estabas como perdido. 'No tendría sentido seguir viviendo después de esto si tú no estuvieras conmigo', ésas fueron las únicas palabras que dijiste ya de noche, cuando apagamos las luces, cuando creías que no podía escucharte. Y entonces lo tuve todo claro, supe que no mentías cuando decías que yo era lo más bonito que tenías alrededor. Ojalá estuvieras para repetírmelo una y otra vez. A media noche, cuando descubrí que tu lado de la cama estaba vacío, fui al comedor para encontrarte dormido junto a nuestro pequeño Violento, como siempre le llamabas. Me acurruqué a tu lado y amanecimos así los tres. Tú sentado, Violento en tu regazo y yo en el otro. Me abrazabas. Me protegías hasta cuando estabas dormido. Juro que no ha habido ni habrá jamás un hombre más guapo.
Porque tú siempre fuiste lo único. Lo primero y lo último. El principio y el fin'.
No pude seguir leyendo. Sólo cuando cerré el cuaderno me di cuenta de que tenía la boca abierta. No podía creer que mi abuela hubiera estado nunca así de enamorada. La que no reía, la que no hablaba. Mi abuela Sara.
Fuera, en la calle, seguía lloviendo a cántaros.
On May 07 2010
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22noches
On 07/05/2010
Bellísimo.
Siempre que lo he leído me ha parecido una hermosa preciosidad.
Digan lo que digan, así fue la historia, como tu la cuentas.
Vivan LHDP