Con el paso del tiempo mi obsesión se incrementaba. Arruinada, envejecida, durmiendo en algún lugar de Tokio, de Canberra o Tánger esperaba, escrutaba los rostros de las personas que se cruzaban en mi camino, escudriñaba ventanas iluminadas para descubrirla tras un espejo, al calor del hogar o viajando en el metro. La llamaba por las noches utilizando la voz del alma, muy bajito al principio, y con gritos desgarradores cuando empezaba a despuntar el alba.
Olvido... ¿dónde te escondes?
Si supieras que no tengo ninguna intención de lastimarte... ¿Cómo podría desearte yo algún mal; yo, que vivo gracias al aliento que no puedes respirar? Solo quiero que me cuentes la historia de tu vida, que me hables sin miedo, sin secretos, como si solo existiéramso tú y yo en el mundo, siquiera por unos instantes.
Solo quiero contemplarte y admirarte, deleitarme en tu belleza de otro tiempo, tu belleza prohibida, extinta y contemporánea. Quiero amarte sin tocarte, construir un santuario para venerarte, encenderte mil velas, perfumarte con incienso, consentirte, mimarte... y atraparte. Darte un nombre y una nacionalidad, enseñarte un idioma. Hacerte un hueco en el mundo, hacerte visible, humana, perfecta... mi Olvido.
Recordarte. Que te recuerden y jamás te borres. No desaparezcas. No me abandones. Cuán ridículas podrían sonar mis insulsas oraciones nocturnas a una diosa cuyo recuerdo se iba debilitando con el paso del tiempo y mi mente humana, imperfecta y selectiva, comenzaba incluso a poner en duda su existencia.
El recuerdo se convirtió en sueño. Y el sueño... quedó archivado en lo más recóndito de mi memoria como uno de los más hermosos que jamás hubiera tenido.
On November 09 2011
42 Views