Nací en el fondo de la sima más profunda del inmenso océano, o quizás caí allí, ya no lo recuerdo. Cargaba sobre mis hombros tanta agua salada que su transparencia cubría la luz del sol.
En la oscuridad llegaste tú, como una corriente fresca y serena, un pulso líquido y atrayente que me hizo abrir por ver primera los ojos para descubrir que podía ver. Que podía verte. Vencí el miedo que nunca tuve y tomé impulso para seguirte hacia aguas elevadas, cercanas a la superficie. Me di cuenta de que aquel medio extraño y luminoso era precisamente mi medio, porque tú también estabas allí.
Nunca más dejé de ser feliz porque nunca más dejé de estar contigo.
Pero te seguí buscando. Un día jugábamos y salté fuera del agua. Pude verte, en la orilla, limpiándote la arena de una piel que anhelaba mis caricias. Me hice con todo el valor que ya tenía y me lancé a la playa para caer sobre dos pies, maravillado por poder andar, correr y saltar a tu lado. Por poder respirar tu mismo aire.
Juntos dimos la vuelta al mundo dejando nuestra huella eterna en rincones y corazones. Acabamos llegando en un ascenso espiral al pico más alto, más alto que el cielo. Señalaste hacia arriba y allí estabas. Tú misma me elevaste y volé contigo hasta alcanzarte.
Éramos mucho más grandes y jugábamos con las estrellas. Entendimos su movimiento y aprendimos a bailar con ellas. En el rumbo de los astros vi mi futuro y siempre te encontré en él, dándome las claves para seguir creciendo, mostrándome la senda que nos permite seguir avanzando en un cosmos infinito donde el único punto de referencia eres tú. Siempre guiándome como la luz del norte, siempre dándome la mano, siempre siendo una conmigo.
Eres el horizonte en el universo infinito. Siempre conmigo, ayudándome a alcanzarte.
On April 17 2011
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