Aterrorizado por la pureza inmaculada del papel, absorto en la profundidad infinita de su yermo paisaje, el viejo agradece al tiempo que, al igual que a él mismo, consuma finalmente los restos de una vela solitaria, la cual a duras penas, consigue dotar de luz más allá de su delicada llama. El viejo observa detenidamente sus manos con melancolía. Éstas sujetan una pluma tan vieja y desgastada como él mismo, que al igual que la vela y todo su mundo, se consumían sin remedio. Una noche más, la luz de su peculiar faro se desvanecía, agotando su tiempo y ocultando una nueva derrota en la batalla de su vida. Entonces se preguntó cuántas veces habría vivido aquella misma escena. La ira poseyó por un segundo su cuerpo y nublando su mente, se abalanzó sobre el blanco lienzo ante el que se postraba para destruirlo antes que la oscuridad cubriese por completo sus páramos. Deseaba abatirlo, acabar con su particular guerra... pero no pudo. La ira se tornó en frustración, ésta en tristeza y cuando aquellas viejas manos llegaron al blanco campo de batalla, tan sólo corría anhelo por sus venas, desprendiendo al tacto de sus dedos añoranza y melancolía, cuando acariciaba suavemente la pluma que sobre el papel descansaba; la misma que segundos antes empuñaba con firmeza y arrojo como si de la espada de un guerrero se tratase. Excálibur, Tizona… grandes armas empuñadas por grandiosos hombres, quienes hundieron su acero sin compasión hasta conseguir la ansiada victoria. Sin embargo, tanto Arturo como Rodrigo miraban a los ojos de sus enemigos para buscar el arrojo y la valentía necesaria para cada nueva conquista… unos ojos que aquel anciano, héroe de nadie, no conseguía encontrar entre la blanca niebla, buscando fantasmas tan viejos como él mismo, golpeando al aire hasta quedar exhausto y así, finalmente, postrar su pluma sin crear mella en el papel ni derramar más tinta que sus propias lágrimas amargas.
Miles de sombras comienzan a cobrar vida por los rincones de la habitación. Recovecos, esquinas, figuras… todo se transforma a la caída de la tenue luz que muere lentamente con la cera. Nuevos reinos resurgen en la oscuridad. Reinos de tinieblas, donde moran almas tan lúgubres como los pensamientos que el viejo apresa en su interior. Duendes, demonios y cientos de seres de la noche invaden ese universo en el que el anciano vive cautivo desde hace años, prisionero de sus miedos, de sus recuerdos y del futuro que se consume cada noche al igual que su vela, desvaneciéndose en la oscuridad de nuevos mundos donde, añorando reinarlos, intenta sobrevivir como un simple mortal que, condenado al alba, ansía incrédulo la liberación que vendrá con el nuevo fulgor de la aurora.
J. Eduardo Cid M.
01/08/2008
On June 08 2011
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ronro_leoo7
On 10/01/2012
A mí sí que me encanta como escribes! Por Zeus! Lo haces genial! Estudiabas algo relacionado o me lo he inventado? Acabo de ver lo que me escribiste después del viña releyéndome, maldita sea. Qué empanada estoy. Ya no sé si te acuerdas pero fue un placer hablar contigo :)
Parece que hace tiempo que no actualizas, pero bueno, te agrego igual :)
Vuelves este año a festivalear?
Besetes :)