-¿Un hermano gemelo muerto?-.
-Idéntico-, dice él, sosteniendo el espejo enfrentado a la inmensa vidriera del salón. -Salvo por un detalle: tenía el dedo meñique a medio hacer-.
-¿Qué clase de broma macabra nos ha unido?-, dice ella con el semblante serio.
-No lo sé. Supongo que no es más que una casualidad. Oscura, pero casualidad al fin y al cabo ¿A qué edad murió la tuya?-.
-A los 16-.
-Como Hernán-.
Se meten en la cama con la historia dando vueltas en la cabeza. Ambos evocan secretamente la muerte -presenciada- de los gemelos desaparecidos.
Él atravesado por una empalizada en el chalet vecino, al caer desde un tejado.
Ella ahogada en una piscina atestada de hojas, ranas y mugre, en pleno invierno.
Los dos perdieron una mitad. Los dos se sienten huérfanos de algo que no saben muy bien cómo describir. Cómo llamar.
Se duermen abrazados. Se complementan en un acople de brazos, piernas y pechos. Ella aferra su tórax hasta que se le duermen los brazos. Un sueño profundo les mece lentamente, mientras el viento agita las hayas.
Al rato ella se despierta. Se pone en pie y se echa una rebeca por los hombros. Tiene sed. Atraviesa el pasillo a oscuras. Un ruído llama su atención en la puerta del salón. Le parece haber visto algo reflejarse en los cristales de la puerta.
Avanza con el brazo contra el pecho, como protegiéndose. En el suelo hay pisadas de agua. Como si alguien hubiera salido de la ducha. -Debe haberse filtrado por la ventana-, piensa ella. -O igual es el suelo, que exhuda. Esta casa está mal hecha-.
Oye jadeos provinientes de la habitación. Piensa que su novio está tosiendo. O que respira con dificultad por el asma. Avanza despacio, de regreso a su cuarto. Sus ojos se abren de par en par cuando lo ve copulando con ella misma. Solo que no es ella misma. Es su viva imagen vestida a la manera de cuando era una adolescente. Pero su cuerpo es igual que ahora. Está mojado, frío, y se extiende sobre su amante como un velo empapado que cayera del techo.
Se contiene y no sabe qué hacer. Se ha quedado paralizada en el umbral de la puerta. No sabe si gritar u observar. De repente nota una presencia a su lado. Su novio no sólo está ahí dentron en la cama. También está en pie, a su lado.
Le toma del mentón con la mirada ausente, y pone la otra mano en su cintura, firme y helada. Ella no aprecia la falta de su dedo meñique en la mano que le sujeta la cara, cuando se entrega sobre el suelo de tarima del pasillo.
On May 14 2009
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