25th Mar 2011

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    1. [i](viene de la página anterior)[/i] [i]Uno no sabe del todo que pensar sobre Bascombe. ¿Es un progresista? ¿Es un reaccionario? Y sobre todo, ¿se puede realmente ser así? Yo no lo creo. El arquetipo es tan abstracto, es tan mezcla de antagonismos que se basa en una mentira. Nadie con ese poder de datación, con ese escáner para la vida puede a la vez ser un espíritu despreocupado. De eso tratan de convencernos Frank y Richard, pero se nota que ninguno de ellos lo está.[/i] Eso decía en 2005. En aquel primer volumen subsistía, aún, la duda. La historia de Frank Bascombe, para quien no la sepa, se resume así: un tipo que escribe un libro, es muy bien acogido pero ya no hace más. Y en los veinte años siguientes, período que abarca la serie, se dedica a ser periodista deportivo y luego agente inmobiliario. Una vida, pues, lejos de los grandes intereses, o las pasiones primigenias. Como digo, en el primer libro la estrategia, aproximadamente, se sostiene. Le funciona. A él, y a nosotros. Llegamos a creer que tal cosa es posible. Que uno puede, por decisión propia, templarse. Localizar lo lesivo y amordazarlo con un simple cambio de ocupación, costumbres, horario. A la altura de este tercero, el aparato de contención emocional tiene más agujeros que un colador. Ha pasado por tantas fases, ha ido tapando tantos huecos que es, más que nunca, una liviana coartada. Discutía en verano con un amigo sobre Ford. En cuatro correos –como suele pasar con este medio diabólico– acabamos enfadándonos. La cosa iba sobre las personas y los personajes. Sobre qué somos, qué conseguimos ser, para los demás, para nosotros, los seres humanos. Discusión que, desde luego, me/nos excede, de tan ardua, tan repleta de trampas dialécticas. Otra de las cosas que hablábamos era sobre si se podía «creer» en Ford, tomárselo en serio. Yo, que tengo el defecto de la gravedad, desde luego lo hago. Ahora bien, tomarse algo en serio no es creerlo. En [i]Acción de gracias[/i] el grado de farsa ya es meridiano. Uno ya es perfectamente partícipe de la gran broma seria, de que el autor no se cree al personaje, de que en cualquier momento le va a joder el tinglado, le va a poner cara a cara con lo que no quiere ver, le va a obligar a suspender el sarcasmo. Algo que hace mucho es ir minando el terreno. Hay mil espacios de descanso en la novela, cientos de descripciones de calles, casas, cielos, lugareños. Pero uno no se las puede saltar, so pena de perderse alguna bomba. En medio de cualquier digresión, analizará un estado de ánimo, una situación, conversación, proceder con el más amplio abanico moral posible. Con esos asertos que le han hecho el maestro contemporáneo de la ambivalencia. Uno, en fin, podría hacer un perlas cultivadas suyo y no desmerecer al lado de los Montaigne, Shakespeare y compañía. [i]The lay of the land[/i]. Han tenido a bien en traducirlo aquí por [i]Acción de gracias[/i]. Lo cual, siendo absolutamente fiel al libro, estableciendo quizá una polisemia involuntaria para el no yanqui (se refiere exactamente al Thanksgiving, día alrededor del cual se fragua la novela) no deja de cortarle mucho vuelo. Poético, irónico, social, campechano. En los foros buscan su traducción exacta. Lo que significa para ellos. Hay quien apuesta por «La configuración del terreno», «La topografía» (yo mentalmente decía [i]la caída de la tierra[/i]), otros menos literales se decantan por un «Como son las cosas», «El estado de las cosas», «La situación actual», y hay quien, coloquial, afirma que lo ajustado es «Hoy aquí, mañana allí», o incluso «Hoy estás y mañana te vas». A mi juicio, todos aciertan.

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