10th Mar 2011

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    1. He vuelto a ir a El Corte Inglés. Tiene esta cosa familiar, activadora. Yo iba mucho, con mi madre. Mi madre es fan del corte inglés. Antes de zara, se iba ahí. A vestirse. También a pasar el rato (aún no habían centros comerciales). No recuerdo otras tiendas, cuando me compraban la ropa. O era el corte o el mercadillo de los jueves, de Alboraia. Mi madre siempre ha sido urbanita, una urbanita de pueblo, así que nos subíamos al cercanías e íbamos a Valencia, a Pintor Sorolla, al centro. Allí nos compraba prendas de sus marcas blancas; Lloyd’s, Dustin, todas ésas. Distinguidas y asequibles. A mí me encantaba, de manera que lo seguí haciendo, ya solo. La Planta Joven, la Tienda Vaquera, Oportunidades, Deportes, HiFi, hasta Menaje. Me gustaba mirar los objetos, los colores, todo colocadito. También Libros, donde tenían una estantería de 3x3m con toda la colección de bolsillo de Alianza, esos lomitos blancos con los mejores nombres de lo mejor que se había hecho nunca. La de Daniel Gil, que construía alegorías, pictogramas, epigramas a veces tan certeros que no hacía falta ni leer el libro. O Discos, horas y horas pasándolos todos con las yemas y llevándose uno o ninguno. De allí es hasta el [i]Green[/i] de REM, que debe ser el primer disco cool que me compré. Luego ya fui a las tiendas buenas. Ahora me cae al lado del curro. Y contiene la oficina de correos más cercana. Y aún mando cartas. Bueno, sobres, que es diferente. Con cosas. A mi hermano, cada trimestre, las facturas para que me haga la declaración. Desde que escribo libros también mando originales, y pruebas, todo eso. Han puesto correos abajo, pegado a los discos y los libros, y ya que voy suelo echar un ojo. Sigue resultándome sosegador. Los pasillos, los lineales, el orden, las luces. Ahora, además, como hay inditex y chinos y mil cosas, les debe ir bastante peor. Y si antes era un hervidero ahora se puede pasear bastante pancho. Con los discos, como no compra ni dios, resulta casi desolador. Si te paras a mirar algo quedas extrañamente connotado, como el representante de algo que casi ya no se hace. Se me hace la boca agua pensar en el archivo discográfico de El Corte Inglés. En su día lo tuvieron todo, todo lo que llegaba, casi en exclusiva, y estoy seguro que debe haber un almacén enorme con todos los clásicos, desde hace años cogiendo polvo. Esas series medias que desde hace algún tiempo son mi único nicho están allí, a patadas. Cedés a 5,95€ que contienen más información que los 50 mejores del 2010 juntos. Y eso, en la cabecera de los lineales –el corte inglés inventó, más bien importó, todas las estrategias perceptivas– colocan clasicazos bajo llamadas que acaban en 95 y acabas gastándote 30 euros sin mala conciencia porque lo que te llevas pesa, a todos los niveles. Además de las leyendas canónicas, ese arco entre los 50 y los 80, también encuentras, ya colocados en otro paradigma –el de los saldos, el de la historia– muchos de esos highlights generacionales, de los 90, de ésos que viviste a tiempo real. Aún dan cosica, claro. Están en un intervalo jodido de veras. Fueron grandes, parecieron contener los pulsos y las respiraciones, y luego, claro, expulsados, ignorados. En cuatro días volverán, y se les dedicarán análisis y tributos, y los chavales de los grupos nuevos les reivindicarán para hacerse los interesantes. Pero ahora no suenan a lo de ahora, y aún tampoco a lo de antes. Nos recuerdan a algo demasiado próximo, a esas bermudas tan estúpidas que te compraste un verano porque parecía indispensable. Así que les toca morder el polvo.

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