Avatar cntra

(viene da la página anterior)

Sé que es probable que no me guste mucho. Que viene solo, con la española, y que no es precisamente expresivo. También, que ya no es aquel efebo, que hacía creíble tanto amorío. Sale, en penumbra, saluda y se sienta a la guitarra. Arpegia un poco, afinando, y entonces enchufa un pedal que se acopla a su voz. Un muro de reverb que multiplica la distancia entre su boca y el micro, que alarga el eco de manera que el fraseo se convierte en un continuum, retardado. La palabra que escucha la audiencia no es, por entero, la misma que él pronuncia, que ya aborda la siguiente.

Él enchufa, y se desenchufa, como… ¿ser humano? Y con él yo. Y ya no vuelvo a entrar. A pesar de que hacia el final desfilan algunos de sus clásicos, no estoy. ¿Se puede decir me aburro? Me aburro. Algo debe de estar haciendo mal si alguien como yo, seguidor entregado, empieza a pensar en la pizza que se va a pillar luego, y en si le da tiempo de ver algo de la segunda parte de La Sexta. Hay gente que se levanta, escamada. Los responsables les aclaran que no es un fallo de la mesa, que es voluntario, que quería que sonase ‘como una iglesia’. Y eso parece, un cántico, alado, sin carne, algo exclusivamente bello, casi asemántico. Y lo exclusivamente bello es feo. De acuerdo, sus discos siempre fueron monocordes, casi construidos sobre una sola nota, una embalse átono. Pero ahí la paradoja tenía sentido, pleno, a mi entender. El juego de rociar, de encapsular ese infierno ácido, de retractilarlo en plástico. De hacer un sandwich congelado de algo al rojo vivo era lo que lo hizo especial, lejos del imperio sensiblero, de los bardos simplemente atormentados.

Aquí no hay, aunque lo parezca, riesgo. No hay gag, idea. Ese hombre, antaño icono indie, transmutado en concertista, uno entre Andrés Segovia y Cocteau Twins ofrece, ahora, algo simplemente cómodo. Para él, y por consiguiente para nosotros. Es evidente –o así lo creo– el porqué de ese gesto, de ese efecto de lejanía casi insultante en la voz. No quiere estar, no permite ningún tipo de acceso a él, no va a recortar en ningún caso su perímetro respecto al público. Además de defensiva, es una opción económica. Está solo, pero baja la luz, activa el rollo y parece un grupo, o un espectro de él. Pero la pasta es solo para él. No es una maniobra con base estilística, sino desdeñosa. Nos dice quizá alguna vez estuve disponible, yo fui lo que cantaba, pero ahora –o al menos hoy– no. No soy vuestro espejo, no soy vosotros, no soy lo que escribo, eso a mí no me pasa.

Me enfado. Me enfado por enfadarme. No soy neutral, y quería un reflejo de aquello; hubiera preferido algo, desde luego, semieléctrico, con su batería y sus cosas, pero es algo más. Esto no es un simple unplugged. No puede pretender un espectador neutro, no con ese material. No puede camuflarse así, escamotear, difuminar lo que anuncia.

Me pregunto cómo se debe manejar la tristeza adulta, la pena de después, y no creo sea éste el camino. Es absurdo –y deshonesto– perpetuar la misma coloratura, pero hay que seguir pudiendo mirarla, cara a cara, sostenerla. Sé que tengo muy poca cintura con ella, que resulto hueco, que en seguida me saltan los resortes, que casi todo se me revela fraudulento. Creo que en otros géneros soy más fácil de engañar.

No es que Mark ahora sea feliz. Y aunque lo fuera, ése no es el tema. No se le ha olvidado pensar, desde luego. Es sólo que no parece interesado en comunicar, en transferir. En mi opinión, bajo esas prerrogativas, no se debería tocar en directo.





On February 24 2011 113 Views






Tag - Modelo
Loading ...