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Las infografías de los diarios de hoy nos muestran una Península Ibérica prácticamente azul, con apenas unas cuantas manchas rojas. A su lado, la misma ilustración referida a los comicios de 2007. Con un balance de colores prácticamente equilibrado.

Esta lectura, este icono nos resulta pavoroso. A cualquiera le anuncia algo más, algo que se confirmará en las generales. Un ciclo de bastantes años se abre.

Empiezo a sospechar que a los de las acampadas no les parece tan mal. Quiero decir, no les afecta tanto. No son sus medios, no son sus representaciones. Acabo de ver este gráfico: http://twitpic.com/51ftfm. Se titula, como ven, ‘Esta gráfica es la que no os mostrarán los medios’. Me ha impresionado. Creo que es la primera vez que lo veo así. De golpe. Sin pensarlo en diferentes momentos. Ves meridianamente una mancha negra como opción mayoritaria de la sociedad. El partido más votado es la abstención. Un 33%. Lejos del 24% del PP, fuerza triunfante.

Esto, desde luego, es una rectificación. De lo que dije aquí el último día. Lo que animaba aquel texto era puro desdén –y algo de ira– barnizado con ironía. No quise esperar, más bien no sabía que había que esperar. Craso error. Lo que ha pasado luego hace entender lo de entonces. Compruebo que muchos –de entre los amantes de lo reivindicativo– han pasado parecido proceso. Lo que nos pareció una charlotada jipi ha acabado enmudeciendo nuestras bocas, ante el peso de lo inapelable. Con todo, la responsabilidad no es del todo nuestra. Ha habido matices inteligentemente recortados, depurados. Ahora se dice ‘apartidismo’ pero uno leyó ‘apolítico’, en la primera línea de su web. La excesiva presencia de una marca: Democracia real ya, y todos sus estilemas gráfico-propagandísticos –aglutinadores, dirigistas, absolutamente connotados precisamente por su querencia neutral– se ha diluido. El panorama ya no es blanquito, ahora es marrón. Marrón cartón. Negro edding. Y esto no es ninguna fruslería. Al espectador de ahora –a diferencia del de los días previos al 15-m– el mensaje que le llega es diferente, con la forma de «esto no es de nadie». Así las cosas, he acabado sintiendo que ponerle demasiadas pegas, aunque las tenga, es muy esnob. No se puede analizar el movimiento 15-m desde la pureza, desde lo adecuado, desde cierto esencialismo, desde el orden. No creo que sea, definitivamente, un entorno racional. O al menos racionalista.

Uno se acerca y bueno, está poco rato. Lo que se dice y cómo se dice, las maneras, las edades no son las suyas. Pero por encima de eso hay algo admirable –y envidiable: están allí. Quiero decir: siguen allí. Sean pocos o muchos los días que aguanten, esto ya es absolutamente memorable. Histórico. La gente está protestando, casi por primera vez. Y cualquier enmienda debe situarse, con absoluto respeto, por debajo de eso. Dicho esto, no se puede negar el sesgo utopista que domina todo. Esta cosa de los amaneceres y los gatos. No se puede obviar que lo fundamental, allí, como probablemente en cualquier manifestación de más de cien personas, es la eucaristía. Lo que se dice no es, desde luego, lo más importante. La gente aplaude, arrebatada, todo lo manifestado porque se hace allí, y no en otro sitio. Hay, también, algo troncal, aparte de la indignación. Se llama creer. Creer en el otro, en bloque. Creer en la gente. Confesaré que yo, en lo que se dice la gente, no creo. Soy, pues, un personalista. Creo en las personas con talante horizontalista, no en la horizontalidad. De hecho, he empezado a respetar esto cuando me ha parecido detectar tres, cuatro rasgos que sólo pueden provenir de pequeños comités de individualidades, cuando tres cuatro agentes de opinión –todos nos fiamos de algo– me han dicho 15-m sí.

Desde la no creencia articulaba el otro día. Desde una política de mínimos. Pensaba que esto no tenía una catadura más de izquierdas que la podía ofertar una «buena» Izquierda Unida. Sigo pensando que la intención de voto de los acampados circularía entre IU, el ecologismo y alguna agrupación independentista. Sin embargo, como sospechaba, ninguno de ellos ha obtenido unos resultados excesivamente al alza. Solo Bildu podría, cuantitativamente, reflejar el impacto de esta, al parecer, nueva ola que navegamos. Todo eso, desde luego, me enerva. Rabio, dejando de lado la abstención, viendo que hay casi un millón de votos entre nulo o en blanco. Quiero decir, 913.000.000 personas han decidido hacer un voto de castigo. Entiendo que ahí, pues, se han posicionado Los indignados. La pregunta se alza: ¿conocen la ley electoral? ¿sabían que así solo penalizaban a los partidos minoritarios? Y si esto es así, ¿significa que esto es política de máximos? ¿Que juegan a la carta más grande? ¿Que son, realmente, antisistema? ¿Que debo analizar que no voten a IU o no lean el diario Público positivamente? ¿Que lo que está en juego, definitivamente, es lo mejor?





On May 23 2011 19417 Views






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