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Recuerdo entrar, de chaval, a las tiendas de discos y pensar ‘me lo compraría todo’. Y luego, mis primeros accesos a la prensa musical. Números enteros de Popular1 consagrados a Lou Reed, o a los Beatles. Pura hagiografía, donde cada decisión es encumbrada, cada minucia rasgo de genio. Aquella Enciclopedia del Rock, de El País; una baraja de ases, de héroes. Más tarde mi definitivo desembarco en Rockdelux, abrir la puerta y pensar ‘aquí está todo, todo lo que necesito saber’. Ya tengo el plano. Pero también, desde el principio, la sospecha: ‘¿no exagerarán un poco?’.

En una revista mensual, de actualidad se deben reseñar alrededor de 50 lanzamientos, de discos. Distribuidos aproximadamente así: 10% de rajadas, 30% de encomios con reservas y el resto de alabanzas, panegíricos encendidos. O sea, que cada mes hay 30 obras maestras. 360 al año, una al día. En los recuentos de décadas –piedra fundamental de la crítica, esos momentos en los que se construyen balances, zeitgeists–, el tono se sigue elevando, hasta el infinito. Algunos álbumes que parecieron insuperables desaparecen, otros se incorporan, pero ay, lo que queda impreso tiene el peso de una lápida, un panteón.

¿Las cosas aguantan ese carrusel de hipérboles? Siendo sensatos deberíamos aseverar que no todas. Arriesgando, que pocas. ¿Existen pocas cosas realmente buenas? Quizá el problema no sea ése. Quizá la virtud de una obra no resida en sostener, contener lo que dicen de ella. Nadie, nada es impecable. No hay ideales. ¿Por qué ese empeño en construir absolutos? Bueno, parece más difícil vivir sin hitos, supongo. Sin visiones de la perfección. Sin la sensación de que hay algo, un refugio fuera del día a día donde todo funciona sin tacha, y responde a algo y es coherente y hermoso y extraordinario.

Y acaba enganchando, desde luego. Al lector le embriagan esas aseveraciones, tan categóricas, ese lenguaje abrumadoramente estético, esas conexiones y saltos en el tiempo, ese fuera de campo social, político, cosmético, esas briznas confesionales. El crítico acaba así siendo casi más estrella que el músico. El escriba construye, por encima de lo que describe, su propio mito. El aliento del lector le retroalimenta, le envanece. Termina, de alguna manera, por olvidar el disco, por crear el disco.

En algún momento reciente mi obsesión se empequeñeció, con paso firme. En algún momento indeterminado mi estructura de pensamiento mítica se resquebrajó, sólidamente. Esto nunca es así, pero voy a concretarlo, a ponerle fecha. En 2009 leí Por favor, mátame http://www.porfavormatame.com/. No es casual que no ponga los autores, no creo que mucha gente retenga sus nombres. El subtítulo es ‘La historia oral del punk’, y este dato es la clave. Legs McNeil y Gillian McCain, a pesar de haber tenido responsabilidad en esa escena, a pesar de haber sido coetáneos, de haber conocido a todos los mitos que surcan el libro se limitan a entrevistarlos y ejercer de compiladores. Acaba siendo un libro de música, no de crítica. No hay una voz que dicta, que comprima, que enfatice. Son ellos mismos, los protagonistas, los que componen el puzzle. Acaba por haber muy poco lirismo, muy poca idoneidad. Y no porque ellos carezcan de veleidades, las hay en un grado insostenible. Sino porque al enfrentarlas, al yuxtaponerlas, al componer así el cuadro cronológico, el surgimiento de escenas y tendencias, los saltos mortales y hallazgos, lo original acaba teniendo una dimensión mucho más real. Todo es mucho más bipolar. Se narra uno de los períodos más sacralizados de la música, el origen y desarrollo del punk. Uno de esos movimientos tocados con la varita de la verdad. Materia inmejorable para la retórica. Mas aquí, de una manera tan roma que a menudo el lector se desencanta, lo que acaba emergiendo es que todo fue o pudo ser a la vez brillante y una capullada, revolucionario y superficial a más no poder, tan casual como causal. Que los Stooges no sabían (y a la vez sí) lo que hacían, que Patti Smith mataba por ser famosa, que a Richard Hell un día se le hizo un siete en la camiseta y Malcolm McLaren lo vio y se inventó la ropa punk (y a los Pistols). Y que David Bowie en lo que sí que no cabe duda que es un genio fue robando. Bueno, eso ya parecía, así de lejos.





On February 09 2011 56 Views



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Ulula On 21/02/2011

tengo el vicio de no leerme nunca ninguna crítica, odio que me digan lo que me tiene que gustar, y peor, lo que no.


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Invernadero On 16/02/2011

también hoy llegó a mí. nuestro padre, y nosotros sin conocerlo.


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Invernadero On 16/02/2011

John Stezaker


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Cntra On 11/02/2011

es bastante notas, para mi gusto. sigue siendo muy diseñador, toda esa sal gruesa… ese hablar con slóganes… pero vaya, algo de su trayecto es natural y positivo, desde luego. espero hacerlo con algo menos de cinismo

eso sí, haciendo portadas era la santísima trinidad


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Canseidesercesar On 11/02/2011

yo de música clásica, sólo los más fríos: bach, barrocos y poco más. el resto me parece muy cursi.

Para esta época tuya, te traigo un link. Una entrevista en El Pais con Peter Saville (diseñador gráfico mítico del sello factory) que ahora reniega absolutamente del mundo pop. A ver qué opinas... digamos que es una de las opciones a las que te enfrentas :-D:

http://www.elpais.com/articulo/portada/HOMBRE/REDISENO/POP/CONFIESA/elpepisupep3/20081010elptenpor_4/Tes


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Cntra On 11/02/2011

me encantaría que me gustara la música clásica, o al menos alguna. creo que aún soy demasiado infantil

y lo segundo, en eso estoy. igual lo parece, pero no me domina el desencanto, al revés, me domina la revelación, algún día tan grande que parece no contar el tiempo anterior. como siempre, es jodido sujetarse


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Canseidesercesar On 10/02/2011

Llevas un hilo muy interesante, un día fuera y ya me pierdo!

1. Tienes razón en lo del techno. Pero en mi caso, que lo escucho en la intimidad, sin participar de la "escena" ni la fiesta, es como escuchar a Bach. Pero es porque a mí la geometría me parece muy bonita, será deformación profesional o lo que sea, pero la belleza de los compases en sí, sin referir nada más que su propia estructura, me emociona mucho. Los músicos techno hacen como los científicos: investigan fuera de sí mismos. El rockero, para componer, mira " a su interior" o " a la sociedad", es una actitud muy poco generosa, muy egoísta. No sé, el techno para mí tiene la misma belleza que tendrá para un climatólogo el ver el orden que siguen las tormentas. Supongo que los fans de Bach sienten como yo, porque si no, ¿qué tiene alguien como Bach?

2. Respecto al texto de hoy... últimamente tus textos rezuman una especie de desencanto o decepción hacia el rock, como la del enamorado traicionado que descubre que la chica en la que veía una princesa era en realidad una plebeya. Hey, eso no es un drama!!! se supone que después del amor apasionado viene el amor lúcido de la madurez: la relación no tiene que terminar. Creo que el amor tranquilo de los mayores es mejor... Espero que estas reflexiones tuyas sobre el desvelamiento no sean dramáticas. Tienes varias opciones: romper la relación y buscar otra princesa, o seguir queriéndola aunque sepas que es plebeya.


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Cntra On 09/02/2011

ah, los entrevistan pero en el libro sólo aparecen las respuestas. eso es clase


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Elgelidotolya On 09/02/2011

a mí me pasó que leyendo el de porfavormatame, me di cuenta de que aquellos que había considerado personajes míticos, legendarios, santos, eran en realidad chavales que bien podrían haber sido colegas míos. o no. pero me los bajaron a la tierra y me gustaron aún más.
y sobre la crítica especializada... me gusta leer las críticas mientras no le pongo cara al crítico.





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