Una de las gracias de viajar es que, al cambiar de contexto, automáticamente puedes convertirte en otra persona: perder la vergüenza, atreverte a hacer algo que normalmente no harías, ampliar tus horizontes.
El trayecto trastoca algún mecanismo cerebral recóndito y, de repente, todo vuelve a ser nuevo y bonito y auténtico y eres un niño descubriendo un parque de atracciones gigante y misterioso.
Te guías por tu sentido de la orientación aunque no tengas ni la menor idea de dónde está el mar (si lo hay) ni la montaña (si la hay). Arrasas en las tiendas como si no hubiera mañana (ni un piso al que volver). Y a veces hasta incluso compras plantas o te cortas el pelo por instinto o acabas alargando tu estancia para alargar el sueño.
La diversión, en definitiva, de ser otro en un nuevo mapa.
On October 16 2010
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