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Violador

José Indalecio Izquierdo además de su nombre tenía una cara regular. Que lo sabía, que no hacia mucho caso de ello, pero que la tenía. Eso era casi todo lo que yo sabía de él, pero hace unos días me interesé y así os puedo contar:

Casado desde los 17, arruinado por la compra de un camión con remolque en plena burbuja del precio de los automóviles, JII se levantó un martes con el pie derecho y el desayuno hecho (esto cosa de Inma, su santísima) para ir a trabajar, él que podía.

Llegando al lugar donde solía aparcar el camión, en una calle no muy lejana, pero ya propia del polígono industrial de aquella conurbación absurda, vio a cierta distancia – y es que la vista Dios se la conservó hasta el último de los días, según parece – un pintajo con spray en la parte trasera del remolque, en los portones de descarga.

Imagino que durante unos 15 o 17 segundos se le pudo ver moviendo dos o tres palabras entre los dientes, a unos palmos de la gamberrada. En negro sobre blanco se leía: “Violador”.

JII fue pocas cosas en su corto espacio de tiempo entre nosotros, pero desde luego, y a Dios salve, nada por lo que pudiera habérsele considerado un violador. A su mujer le podrían preguntar - si es que eso sirviera de algo -, que no le tocaba un pelo si ella no se lo pedía. Los que le conocían pueden decirte tres cuartas de los mismo. Falto de vida, de sangre en las venas, JII fue cumplidor en el trabajo, responsable en la familia y tortuga de peluche en la cama.

Por su infancia setentera y una moda quizá poco favorecedora para la mujer durante los años de la adolescencia, además de una formación represivamente católica y unos padres crípticos con el tema, JII entendió al sexo contrario como un espacio de respuesta a otro tipo de preguntas. El fútbol en menor medida y el jardín en la casita de campo – más que campo, secarral y roca – que le habían dejado en herencia sus padres, eran sus aficiones. O al menos su distracción en el sentido que el resto podemos entender nuestro tiempo libre más allá de la cama.

Aún así, alguien, algún gracioso, algún gilipollas, seguramente adolescente, seguramente negro, seguramente inmigrante, seguramente ‘ilegal’, seguramente huérfano, a buen seguro un hijo de la grandísima puta – todo eso debió pensar ahora que sé de él -, había pintado “Violador” en la parte trasera de su camión, el que todavía paga su señora con una pensión de viudedad que no da ni para la letra.

Y así fue a por el primer reparto de la mañana y no hubo bromas. La gente al leerlo se quedaba petrificada. Releía, repensaba, recontenía el pensamiento antes de dejar pasar la mente a otra cosa.

JII lo sabía. Los imaginaba visualizándole. Visualizándole instantáneamente con menores, porque él no pudo tener hijos, con chicas muy jóvenes, quizá porque se casó muy pronto, con extrema violencia, quizá porque como todos sabemos los psicokillers más sanguinarios son los que a preguntas de cualquier micrófono que se preste entre un vecindario resultan ser los humanos más “normales”. En el segundo reparto la cosa fue a peor, alguien le insinuó algo, pero JII no tenía sangre en las venas.

Antes del mediodía, o lo que en Europa se entiende por mediodía, JII no podía más. Niños señalándole por las avenidas, compañeros retirándole el saludo… demasiado para él. En la subida de un puente interurbano, obsesionado por descubrir con su mirada a través de los retrovisores como el resto señalaba, comentaba e incluso alguno le adelantaba para congelar su rostro en la memoria, JII se despisto y subió las ruedas de la parte derecha al quitamiedos primero, a una endeble barandilla de hierro más tarde y pocos segundos más tarde alzando el vuelo para caer al cauce seco del río.

Para cuando la carga de consumibles electrónicos se había incendiado, JII había perdido mucha sangre, de la que nadie supo nunca nada, pero la tenía. Sólo él sabe si le hubiera dolido saber que tras carbonizarse y provocar el corte de la carretera, cuando llegó la Policía Nacional y algunos otros efectivos, todavía se pudo escuchar algún comentario, porque la pintada todavía permanece, existe, y así la veo todos los días al pasar junto a un desguace, cuando vuelvo del trabajo cada tarde hacia mi casa, yo que puedo.





On October 10 2011 590 Views






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