Su pelo aun hondeaba al viento cuando el caballo metálico desaparecía entre la tenue niebla de invierno. Su mano derecha aún despidiéndose levantada, sus ojos aún fijados en un vagón que al escapar, desvelaba la magna profundidad de un horizonte de alegres verdes oscurecidos por la lluvia y los metales. Sus ojos se apretaron de agrio placer al sentir esas frías gotitas que nacían del cielo y se colaban por sus cabellos hacia morir en sus raíces, llamando el despertar de los perros vivientes en el cuello de la canadiense. Ansiaba ese olor porque le creía puerta a la humedad de la memoria, a la humedad de la vista, humedad de la vida. Siguió allí de pie, un poco más triste y un poco más contento, con la mirada aun perdida en el frío infinito, y su nariz intentando exprimir al máximo, el olor a tierra mojada y a cadáveres perrunos. Allí parado, parecía la estatua de un triste guardia urbano ante el anarquismo del tráfico. Como siempre, se profanó la escultura al empezar a sentir los pies arder, las piernas ablandarse, y sus articulaciones, repiquetear como si de muelas heladas se trataran. Como siempre, sus rodillas llamaron al guardia de seguridad para que acudiera a salvarlas. Este, se acercó lentamente con su linterna y su gorra azul, caminando con la misma familiaridad con que uno camina el sendero mil veces recorrido hacia el retrete de la casa materna. Cuando llegó ante su espalda, sacó su mano libre del bolsillo, la colocó cariñosamente en su hombro izquierdo, y le espetó las mismas palabras de siempre, actuando estas, como siempre, como la manivela que hace descender la mano del adiós y ascender al muerto a la superficie terrestre. Él, miró como siempre a los ojos del guarda recuperando su escasa mortalidad, tejió la sonrisa más triste que le era posible, intentando parecerse al ternero degollado para dios, y dejó su puesto para encaminarse hacia casa.
Paralelamente, el guarda regresó a su diminuta y austera salita de vigilancia, tan solo iluminada por una triste lámpara metálica en la mesa gastada por el vacío. Volvió a sentarse en la pequeña sillita de madera, que parecía pertenecer más al niño que dibuja en su mesita a un palmo del suelo que al corpulento guardia de seguridad, dejó su gorra empapada de azul en la mesa, se restregó la mano por el cabello, apoyó el codo en la mesa, la cabeza en la mano, y la vista en el viejo calendario. Pulsó el botón blanco de la pequeña lamparita metálica, y volvió a entregarse, como cada noche, a la húmeda y pentrante oscuridad.
Cuando Él llegó a casa, volvió a sentarse en el mismo sillón de terciopelo violeta de siempre, al lado de la misma ventana de siempre, por la que se deslizaba, entre las cortinas de tapices rojizos, la misma lluvia de siempre. Mirando al eterno espejo estratégicamente colocado frente su asiento, comprobó que tampoco hoy, el viento del tren escapando podría desenterrarle la humedad incrustada en sus anteojos púrpuras y, como siempre, volvió a brotar su rabia culpando a su pobre fuerza de voluntad que aún ritualizando diariamente la eterna despedida en el andén, no podía tan siquiera arrancarle ni una migaja a su sentimiento apagado. Retomando el eterno rito de buscar en su reflejo los ríos brotando de los ojos, nunca llegó a darse cuenta que, en realidad, era el reflejo del guarda en su oscuridad el que cada noche le robaba sus lágrimas.
On November 07 2008
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On 09/11/2008
Yo estoy fragmentado. Pero cada parte avanza hacia algun lugar. Andando siempre hacia algun lado, mientras las estaciones se vacían cada atardecer. Como el guarda, retengo lágrimas de despedidas y vuelvo a la caseta. Y todos se van desperdigando, y ya no se si soy yo o es el mundo el que se mueve más rapido hacia algun lugar indeterminado.
Una abraçada