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Six Organs Of Admittance - For Octavio Paz

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LA DESTRUCCIÓN GENERAL DE LAS COSAS

Por una parte disponemos, de salida, de la conciencia clara en su forma elaborada. El mundo de la producción, el orden de las cosas, ha alcanzado, por otra parte, el punto de desarrollo, en el que no sabe qué hacer con sus productos. La primera condición hace la destrucción posible; la segunda, necesaria. Pero esto no puede ser hecho en el empíreo; por decirlo de otro modo, en la irrealidad, en la que procede habitualmente por gestión religiosa. El momento de la decisión, por el contrario, exige la consideración de los aspectos más pobres y los menos íntimos. Es preciso ahora bajar hasta lo más bajo del mundo de la reducción del hombre a la cosa.

Puedo encerrarme en mi habitación y buscar allí el sentido claro y distinto de los objetos que me rodean.

He aquí mi mesa, mi silla, mi cama. Están aquí como un efecto del trabajo. Ha hecho falta para hacerlas e instalarlas en mi habitación renunciar al interés del momento presente. De hecho, yo mismo he debido trabajar para pagarlos, es decir, que, teóricamente, he debido compensar con un trabajo de igual utilidad el trabajo de los obreros que los han hecho o transportado. Estos productos del trabajo me permiten trabajar, y podré pagar el trabajo del carnicero, del panadero y del agricultor, que asegurará mi subsistencia y la continuación de mi propio trabajo.

Ahora pongo sobre mi mesa un gran vaso de alcohol.

He sido útil, he comprado una mesa, un vaso, etcétera.

Pero esta mesa no es ya un medio de trabajo: me sirve para beber alcohol.

En la medida en que pongo mi vaso para beber sobre la mesa, "la he destruido" o, por lo menos, he destruido el trabajo que ha hecho falta para hacerla.

Claro está, he destruido en primer lugar enteramente el trabajo del viñador. Mi absorción, por el contrario, no ha destruido más que en una medida ínfima el trabajo del carpintero. Por lo menos esta mesa en esta habitación, grávida de encadenamiento al trabajo, no ha tenido durante cierto tiempo otro fin que mi desenfreno.

Voy ahora a recordar el uso que he hecho del dinero ganado en mi mesa de trabajo.

Si he desperdiciado una parte de este dinero, desperdiciado una parte del tiempo que el resto me ha hecho vivir, la destrucción de la mesa está ya más avanzada.

Con una sola vez que hubiese cogido yo el instante por los pelos, todo el tiempo precedente estaba ya en ese instante cogido. Y todas las subsistencias, todas las tareas que me han permitido llegar a él, están repentinamente destruidas, se vacían infinitamente como un río en el océano de ese instante ínfimo.

No hay en este mundo empresa inmensa que tenga otro fin que una pérdida definitiva en el instante fútil. Lo mismo que el mundo de las cosas no es nada en el universo superfluo en el que se resume, igualmente la masa de los esfuerzos no es nada junto a la futilidad de un solo instante. Es ese instante libre y, sin embargo, sometido, comprometido furtivamente en pequeñas operaciones por miedo de dejar "perderse el tiempo" el que justifica el valor peyorativo de la palabra fútil.

Esto introduce como un fundamento de la" conciencia clara de sí" la consideración de los objetos resueltos y destruidos en el instante íntimo. Es el retorno a la situación del animal que se come a otro, es la negación de la diferencia entre el objeto y yo mismo o la destrucción general de los objetos como tales en el campo de la conciencia clara, esta mesa deja de formar una pantalla distinta y opaca entre el mundo y yo. Pero esta mesa no podría ser destruida en el campo de mi conciencia si yo no diese a mi destrucción consecuencias en el orden real. La reducción real de la reducción del orden real introduce en el orden económico una inversión fundamental. Se trata, si hay que preservar el movimiento de la economía, de determinar el punto en que la producción excedente fluirá como un río "hacia afuera". Se trata de consumir -o de destruir- infinitamente los objetos producidos. Esto podría también hacerse sin la menor "conciencia". Pero en la medida en que la conciencia clara prevalezca, los objetos, efectivamente destruidos, no destruirán a los mismos hombres. La destrucción del sujeto como individuo está, en efecto, implicada en la destrucción del objeto como tal, pero la guerra no es su forma inevitable: no es, de todas maneras, su forma consciente (por lo menos si la conciencia de sí debe ser en un sentido general humana).

Bataille - Teoría De La Religión




On February 02 2009 7 Views



Avatar newhaven32

newhaven32 On 07/09/2009

Porque también somos aquéllo que hemos perdido...
Saludos mediterráneos, Borsalino.


Avatar pasarela32

pasarela32 On 03/03/2009

Ich auch, du auch: WIR AUCH


Avatar nudus_0

nudus_0 On 04/02/2009

,aunque hay cosas que no son cosas, pero esto es fútil en este mismo instante...


Avatar nudus_0

nudus_0 On 04/02/2009

merci pour la musique, je suis enchanté...arriba las no cosas¡




borsalino

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borsalino

unknown - 27/04
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