Había perdido la noción del tiempo cuando su pequeño discman se detuvo. La pequeña Caroline había perdido rastro de toda esperanza de que sus padres siguieran vivos. Tenía aun almacenado en su memoria el rostro de sus padres cuando, antes de cerrar la puerta del refugio desde fuera, la miraron con una sonrisa. Siempre había creído que la muerte era un rincón de paz, donde te tumbabas en la cama y unos señores, llamados médicos, te ayudaban a dormir. Pero lo que ella experimentó se alejaba mucho de lo que había visto hacía años en sus abuelos. Ella se pasó unos segundos, aunque lo vivió como si hubieran sido horas, escuchando los gritos de papá y mamá chillando mientras eran devorados.
Y allí estaba ella. Se había intentado evadir escuchando una y otra vez la misma canción. Y lo había conseguido hasta ese momento. El momento en que la música se detuvo y volvió al mundo real. Y este se le antojaba demasiado frío y oscuro. No se había movido de la pared frente a la puerta deseando que esta se volviera a abrir y sus padres volvieran. O que despertara y hubiera sido todo una pesadilla. Pero no, allí seguía. Encerrada, ya que no podría abrir la puerta sellada desde el exterior. Sin comida. Sin nada que beber. Y por única compañía, su gato.
—Señor Bigotes –su vocecilla se le antojó desconocida. Apenas podía elevar la voz por encima de un susurro —Señor Bigotes, ¿dónde estás?
Se levantó con una facilidad pasmosa, a pesar de haber estado sentada durante tanto tiempo en aquel suelo tan incómodo. Rebuscó entre los muebles de aquella casucha abandonada. Pasó de largo sin mirar unas fotos rotas en el suelo y, al sorprenderse con su reflejo, dio un brinco. Podría haber sido otra persona, pero no.
Miró su reflejo. Una niña de apenas unos ocho años. El pelo estaba encrespado, sucio, y su cara tenía mugre. Había surcos en la suciedad producidos por las lágrimas ya resecas de la última vez que lloró. Pero cuando se fijó en aquello, no pudo reprimir otro llanto. Y las lágrimas volvían a fluir con avidez por su rostro. Estaba sola. Estaba sola y su única compañía no aparecía.
Escuchó un maullido. Sonrió. Aunque se sintiera triste, sonreía. Se sentía muy rara. Sus padres acababan de morir. Estaba rodeada de zombies. Estaba sola, sin comida, sin ni si quiera visos de que pudiera sobrevivir. ¿Y cual era la única preocupación de Caroline? Encontrar a Señor Bigotes
On February 04 2012
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