Me llevo una mano al estómago porque de su interior ha salido un rugido que ha hecho eco en la habitación. Normal, no he comido nada aparte de ese bocadillo de lechuga con atún del autobús (que andará por la mochila, imagino).
Miro la cajita de las fotos, que sigue en el escritorio, y de momento decido que ahí se va a quedar.
Barajando la posibilidad de bajar a la cocina a pedir algo de comer y quedarme con mi bocadillo hecho pasta de colores, me quedo en un intermedio: ir a la cocina a robar un plátano. Digo plátano como podría decir pera.
Así que me levanto y miro por el pasillo. Es que no os lo he dicho, pero el pasillo del piso de arriba es como un balcón que da al de abajo, sólo que está cerrado con una cristalera. Desde ahí puedo ver el salón, en el que no hay nadie. Y yo tampoco escucho ningún ruido.
¿Dónde se habrán metido mis tíos? Guillermo ha salido, pero ellos...
Intento mantener la mente en el plátano (o la pera) que voy a robar mientras bajo los escalones. Mis intentos de no ahcer ruido se van al traste, porque la escalera de maedra está hueca y se me oye bajar a pesar del cuidado que pongo.
Es curioso cómo los sonidos parecen mucho mayores cuando no queremos hacerlos, ¿no os ha pasado?
Tal y como he visto desde arriba, en el salón no hay nadie, pero la puerta de la cocina está cerrada. Estiro el brazo y me recorre un escalofrío cuando las bisagras chirrían. Me meto en la estancia con rapidez y busco el frutero con la mirada. Siempre está a la vista; al menos, eso es lo que yo pensaba hasta ahora.
¿Pero dónde rayos está el frutero?
-Ah, hola, Sachiko -la voz de mi tía a mis espaldas me hace ponerme firme. -¿Cómo te encuentras ahora? ¿Has dormido bien?
-Eh... sí, sí, gracias -contesto, mientras me pongo junto al marco de la puerta y la dejo pasar.
Mi tía abre uno de los armarios y saca una tostadora. A su vez, pone sobre el banco de la cocina un paquete de pan de molde y un tarro de mantequilla. Y yo me quedo como una tonta en el marco de la cocina, rezando para que mi estómago no vuelva a gruñir.
-Bueno... -murmuro -, me voy a seguir... con mis cosas.
-No seas tonta, quédate -me sonríe. -Voy a prepararte una tostada algo especial, a ver qué te parece. No has comido nada y debes estar hambrienta.
-Yo... -mis tripas le dan la respuesta afirmativa.
Ella se ríe. Y, al contrario que hace unas horas, descubro que me gusta su risa.
-¿Lo ves? Anda, siéntate. Eso va a estar listo enseguida.
Me acomodo en una silla y la veo moverse por la cocina. Es una mujer joven, pese a tener un hijo de catorce años. Está muy delgadita (como yo, más o menos) y tiene el pelo teñido con reflejos color caoba. Lo lleva recogido con una pinza de color tostado. Y viste con un estilo más cercano a una mujer de treinta años que a una señora de cuarenta.
Me doy cuenta de que no la había visto bien desde el principio.
-Aquí tienes -me pone el plato delante junto con una servilleta. -Es una receta algo estrafalaria, pero a tu tío y a tu primo les encanta. Imaginé que iría en la sangre, pero si no te gusta, dímelo.
La tostada está untada de mantequilla y tiene rodajas de manzana por encima. Y cuatro pequeñas rayas de mermelada de algo que parece frambuesa.
Le doy un mordisco, más por curiosidad que por otra cosa, y abro mucho los ojos cuando la comida baja por mi esófago.
-¡Qué buena! -exclamo, y me tapo enseguida la boca, porque me da vergüenza.
Ella vuelve a reírse.
-Lo que yo diga, en la sangre.
Se da la vuelta y abre el frigorífico.
-Yo voy a tomarme un zumo, ¿quieres beber algo? Aquí hay leche, zumo de naranja y de pera, cerveza pero no te voy a dar -me río, dando otro mordisco a la tostada -, Coca-Cola y agua con gas. ¿Qué te apetece?
-Hum... un vaso de leche, por favor -musito, para le cuello de mi camiseta.
-Puedes pedirme lo que quieras en voz alta -sonríe de nuevo, poniendo la leche en un vaso. -¿Quieres azúcar?
Se sienta conmigo con su vaso de zumo y me ve dar un pequeño sorbo.
-Esta casa es un poco un caos, pero no te asustes -comenta. -Entiendo que te va a costar adaptarte a esto, teniendo en cuenta tu situación. Debemos parecerte todos unos extraños.
Me pongo coloradísima y disimulo que he estado a punto de atragartarme con la tostada.
-Pero no te preocupes, puedes pedirnos todo lo que quieras. Nosotros sólo queremos que estés lo más a gusto posible.
El sonrojo crece porque me atacan sin piedad mis pensamientos desagradables acerca de ella de unas horas antes. Y, cuando la miro a los ojo (cuando me atrevo) me pasa lo mismo que me ha pasado con Guillermo arriba.
Vuelvo a sentir que estoy en casa.
"Mi vida es un proyecto azul..."
[Laura Castro © 2008 (Seannachie Estudios)]
bLue_sacHikO
On October 28 2009
3 Views