Ella estaba, como ahora, viajando, cuando entre las hojas de su libro redescubrió el punto de lectura que una vez le regalaron por su cumpleaños. Lo miro, lo giró, y en él, como recién escrito, el cuento de La cantimplora de luz:
Aquél día decisivo, nuestra viajera estaba sedienta, aturdida, con los pies algo perdidos. En el momento que, casualmente, cómo todo lo decisivo, alzó la vista. Adivinando a lo lejos un montón de ruinas que algún día hubieron de ser un caserío repleto de vida, cruzó campo a través, con las botas repletas de barro y el alma salpicada de curiosidad.
Al llegar, picó a la única puerta que se mantenía en pie para descubrir el rostro más vetusto que conocería en sus interminables siglos de viaje.
Se miraron fijamente, cara a cara. Los ojos de la vieja le resultaron tan familiares que hubo de contenerse para no lanzarle un abrazo infinito.
-\t¿Vendrás con hambre?
-\tTraigo en esta mochila todo el hambre del mundo.
La vieja vestido de negro parecía haber vivido todas las vidas de todas las épocas, y fueron tantas las historietas, moralejas, chascarrillos y pequeñas anécdotas que esa noche se contaron, que se les perdió el sueño entre las palabras, las risotadas y los silencios cómplices. Al alba, antes de aventurarse temerariamente a cruzar otra vez la puerta, ella quiso agradecerle el inolvidable encuentro, pero en sus bolsillos sólo se hallaban bonitos recuerdos que ya habían compartido. A cambió, la esquelética anciana, le pidió un favor:
- Llévate esta cantimplora atada a tu cinturón. Mientras haya en ella algo de agua, sigue tu camino,
pero el día que se acabe, deberás devolvérmela.
¡Te deseo un viaje increíble!
Y con estas últimas palabras desapareció en el interior de aquél lugar sin tiempo ni decadencia. Entonces, la viajera tomó la intrépida determinación de no beber jamás de la cantimplora y caminar hasta que no quedara rincón en el mundo sin oler, ni un solo ocaso que no acariciara su retina. Nunca se perdió, probablemente porque nunca supo a dónde iba, pero lo cierto eso que con el vaivén de sus caderas la cantimplora perdía, y gota a gota, fue iluminando sus pasos y la tierra que pisaba. Anduvo con sed y sin descanso, desgastó miles de suelas, perdió la voz gritándole a la inmensidad de los paisajes aéreos y la profundidad de las almas huecas, anduvo en silencio y escuchó los sonidos de los mundos que la envolvían como si cada día fuera el primero, o el último. Allá dónde iba solo podía ofrecer su compañía y algo de agua para quién necesitara refrescarse la garganta. Así que al poco de iniciar de su viaje, consciente de la cantidad de gente que aceptaba gustosamente un sorbito, decidió comprobar si en todos los lugares del mundo sucedía lo mismo.
...en tantas casas durmió, tantas cocinas calentaron su fuego para ella, tantas niñas llevaron su nombre, tantos amigos entraron en sus recuerdos, y todo por un poquito de agua, mientras tanto, la cantimplora seguía llena...
Y en todos aquellos parajes en los que despertó y entre todas las situaciones extraordinarias en las que se vio envuelta, entre todas las personas afables que se mezclaron en las líneas de sus manos y de aquellas otras ingratas, de las que tanto aprendió a no olvidar, entre todo aquello, siempre tubo una momento para conversar con la vieja y disfrutar de su sabiduría y su presencia. Dando ese poquito de agua a los que iban y venían se le consumieron las carnes y se le rejuveneció el ánimo, hasta que un día, algo cansadita, justo antes de que se le doblaran las rodillas, se sentó en lo alto de un peñasco y permaneció en ese estado contemplativo que mantienen las personas cuando están absortas ante la incomprensión del mundo.
Después de una vida apasionante, lo único que le apeteció en ese momento fue volver a hablar con la vieja a la que tanto se parecía entonces.
Unos instantes después, en dirección opuesta a su camino, apareció su vieja amiga. Con los mismo trapos negros y el mismo rostro cautivador, se miraron, otra vez, cara a cara. Fue una conversación eterna, se lo contaron todo, rieron, más de una vez lloraron volviendo a jugar con los recuerdos, le devolvieron la vida a los momentos preciosos y se perdonaron sus propios errores.
Llegó el alba y después de ella el amanecer. Se dieron la mano con los primeros rayos del sol y sus ojos brillaron de satisfacción y de entusiasmo.
Fue entonces cuando, sin pensarlo, cogió su cantimplora y dio un trago de agua con la misma avidez y ansía de un niño hasta quedarse sin aire. Y traviesamente, dijo:
- ¿Cuándo nos vamos? Tengo ganas de empezar otro viaje...
Se escapó una lágrima, y al llegar al suelo, la tierra se iluminó de nuevo.
Buen viaje
On January 10 2009
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