Y estonces abrí los ojos.
Todo blanco.
Mis pupilas agonizaban de dolor, contrayéndose a más no poder en un vano intento de evitar aquella luz asesina, diabólica, penetrara en mi cabeza. Mis párpados se resistían a responder, abandonándome a mi suerte ante aquella visión de nada; de vacío absoluto y cegador.
Ruido. Mucho ruido.
En mi cerebro rebotaban ecos de diferentes personas, casi todas ellas familiares. Algunos de ellos no eran más que susurros indescifrables, mientras que otros, por el contrario, me comunicaban claramente mensajes que no tenía más remedio que escuchar.
--¿Por qué lo hiciste?
--¿Qué le has hecho?
Preguntas que, aun si tuviera la más remota idea de su sentido, era incapaz de responder.
Así pues, en aquella posición mortuoria, boca arriba, sin fuerzas si quiera para maldecir mi suerte, si quiera para gemir, renegar o muequear, esperé; como quien espera a que Dios le salve o a que alguien lo suficientemente compasivo le matase... Pero no, no quería salvación, ni tampoco muerte. Víctima de mi frustración, poco a poco se fue tornando en rabia. Ira pura hacia todo aquello que me hacía sentir mal, hacia todo aquello que me hacía daño.
Conseguí cerrar mi puño con las escasas fuerzas que adquiría alimentándome del odio que, poco a poco, me envolvía en su áspera tela espinosa, engulléndome. Pero no me importaba, de hecho en aquel momento agradecía y aceptaba con sumo placer esa energía nueva que me invitaba a hacer daño a lo que me impedía ser libre, y cierto es que en momentos de desesperación, del perro acorralado, el clavo ardiendo se vislumbra como un pasaje de salida del infierno.
Pero yo sabía que era algo más, y si mi conciencia pudiera atarme a una silla y amordazarme, sin duda lo hubiera hecho, puesto que yo me niego a ser hipócrita, no es lo mío: En realidad aquella sensación de odio me deleitaba y, extrañamente, me resultaba familiar, tan familiar como aquellas malditas voces que asfixiaban mi mente con una amalgama de información cada vez más indescifrable, atropellándose unos a otros.
Cerré los ojos, pero la luz seguía ahí, como si mis párpados fueran de cristal.
Quise acabar con esa pesadilla, quería golpearla, mutilarla y engullirla, hacerle sufrir tanto como me lo estaba haciendo a mí y, si era posible, por duplicado.
No aguantaba más, las voces cada vez eran más fuertes, la luz más intensa. Apreté los dientes y rugí, incorporándome de inmediato de la cama de mi apartamento, gritando, sudando y con el corazón bombeando como un desquiciado. Me costó darme cuenta de la violenta realidad a la que estaba subyugado ya que, aun pasando los segundos, mi histeria no se diluía. Entre jadeos intenté tranquilizarme, encontrado el sosiego tapando por completo mi rostro. Aliviado por aquella bendita oscuridad que me regalaban las palmas de mis manos, mi respiración se controló un poco, haciéndola más pausada y calmada aunque algo entrecortada todavía.
--Otra vez...--musité para mí.--Las tres...--dejé escapar al mirar la hora en mi despertador de LEDs rojos.
Despegándome con saña de mis sábanas, me levanté de mi cama para dirigirme al cuarto de baño tropezando con una botella de whisky vacía. Un extraño mareo me acompañó así que tuve que apoyarme en las paredes para caminar seguro entre la penumbra de la habitación. Al llegar encendí la luz me coloqué enfrente del espejito del lavabo. Odiaba mi cara y más aun con aquella expresión de cansancio y hastío por partes iguales. Era la cuarta vez que tenía ese sueño. Cuatro noches seguidas. Estaba harto, cansado del miedo que sentía a todas horas. Miedo a irme a dormir, a salir a la calle, a poner la televisión, etcétera... Miedo que se acercaba más a una obsesión paranoica que a otra cosa. Algo curioso puesto que esa sensación de "necesitar esconderme" comenzó hace cuatro días, justo en el momento que empecé a tener esos sueños tan horribles. Era como si alguien me persiguiera, como si alguien tuviera una cuenta pendiente conmigo, y además ese típico sentimiento de culpa que experimentamos todos en bastantes momentos de nuestra vida, me acompañaba a donde iba, como si estuviera detrás mío a todas horas, riéndose de mí y de mi impotencia, haciendo mi vida imposible.
Alcé la mano para agarrar el pequeño pomo que sobresalía en un lateral del espejo para abrir un pequeño botiquín, agarré el botecito de calmantes, lo abrí y deslicé dos pastillas a mi mano libre, al pensar unos segundos, dejé deslizar una tercera. Me las tragué con avidez seguido de un buen trago de refrescante agua de grifo. Devolví el medicamento a su lugar y cerré la puertecita.
Algo no iba bien.
El espejo no me devolvió la misma imagen que hacía unos instantes, la de un hombre asqueado de su vida. Por una décima de segundo fue la de un hombre asqueado de su vida y alguien detrás mío, mirándome. Ni tan siquiera fue una décima de segundo pero estaba seguro, segurísimo. No pude evitar temblar y aquella sensación de culpa volvió, golpeándome como nunca,
On December 16 2008
6 Views
noelia9120
On 03/01/2009
Acabo de leer tu texto, solo puedo decir una cosa sobre él: impresionante.
Feliz año nuevo!
clementine88
On 27/12/2008
EL ser humano es ignorante, es miserable... pero al ser consciente de ello lo hace más grande.
Es muy importante señalar nuestros problemas e intentar buscar las soluciones que podamos... o más que soluciones (intentaremos tachar esta palabra), formas diferentes de mirar a ese problema... esto ya es otra cosa. Señalar las relaciones que mantiene ese problema con otras cosas que nosotros, en el día a día, sin darnos cuenta "utilizamos" (porque nos habituamos a esas cosas). Esas cosas pueden ser los usos que empleamos para dirigrnos a los otros (expresiones, topicos, formas...), ideas vigentes, etc.
Me gusta que seas una persona que intenta ver (aunque nos intenten tapar con aparatos de poder) Pero valoro mucho esa voluntad :)
Feliz navidad y, sino nos escribimos antes, Feliz añoo nuevo!!
no_hay_cuchara
On 27/12/2008
x muy reinventada k este....en el fondo para mi siempre sera breve y concisa km las cosas buenas, aun asi espero tener navidades mejores k estas
muerte al Corte Ingles y similares!!! Para mi la navidad es algo mas k regalos, algo mas k el merchandising del k se aprovechan, es mas bien el recuerdo de lo k fue mi vida.....mi origen....
a veces no todo es color rosita
clementine88
On 22/12/2008
Desde luego que ensuciamos las cosas en el momento en el que las tocamos, pues las sensaciones son tan distintas a la vista y al oído... Se forma el deseo de posesión.
Cuántos hombres han destruido a mujeres por "tocarlas"...
No te preocupes por escribirme, vamos, que yo sepa, el concepto de fotolog no es privativo, es decir, que su mecánica no esta orientada a determinadas personas. Se da la opción, eso sí, pero no esta creado a partir de ese planteamiento.
Muaaaa
PD:Otro día con más tiempo leeo tu escrito ;)
no_hay_cuchara
On 16/12/2008
Algun dia conseguire alcanzarte maestro. Creo q no hace falta k t diga ya mi opinion sobre tus escritos.
La verdad es q con este ultimo has conseguido conmoverme mas de lo normal pese a estar "mal escrito" como tu dices.
Eres grande y lo sabes! Sigue por esta senda literaria tan caracteristica tuya, llegaras lejos algun dia, lo se ^^
awimmawe
On 16/12/2008
Sorry a todos, está fatal escrito. Hacía ya tiempo que no escribía nada, prometo mejorar y leer un poquito más.
awimmawe
On 16/12/2008
Tras unos instantes de diálogo con la locura me di la vuelta, quise entrar para verla una vez más pero no me sentía digno, así que me despedí desde fuera y me dejé caer hacia atrás.
Mis pensamientos se arremolinaban mientras era presa de la gravedad, así que cerré los ojos y sólo pensé en que todo iría bien y en el viento frío que me mecía y robaba el calor de mi cuerpo, en huir de este mundo miserable y de todos aquellos malditos sentimientos que experimentaba, sentí alivio... Pero justo antes de chocar contra el suelo... Quise llorar.
Respiré profundo.
--Maldita sea...
Me puse la mano en la cara mientras me incorporaba.
--Ese sueño otra vez...
awimmawe
On 16/12/2008
pero ello no me daba ni una gota de paz.
Temblé, como quien tiembla ante la muerte nada más cierto--, pues la enajenación se apoderó de mí. Ya no podía haber una vuelta atrás, un perdón que consolara mi conciencia ni cualquier excusa barata fingida ser creída por amor ciego.
El miedo ahora era comprensible, tenía miedo de darme cuenta demasiado tarde de mis actos, miedo a empatizar con su sufrimiento día a día, miedo a estar solo. Ahora no era solo una pesadilla, era real.
Lloré, lloré desesperanzado, maldiciendome, rogando a Dios que me diera otra oportunidad, vendiendo mi alma hueca e insustancial al diablo para comprar tiempo pasado. Lloré tanto tiempo que del tiempo perdí la constancia. Y volvió.
Volvió la ira.
Esa ira que me acompañaba donde iba como un lastre atado a mi espalda, pero ya no tenía nadie a quien enfocarla. ¿O sí? Golpee la pared y el dolor me gustó. Me gustó demasiado. En parte era como si pudiera pagar así mis pecados, redimirme de alguna manera. Ofuscado, logré levantarme del suelo a duras penas pues las fuerzas y el sentido del equilibrio parecían haberme abandonado. Me dirigí al balcón y, tras apartar las cortinas con más bien poca sutilidad, abrí el ventanal con su típico crujido de bisagras mal engrasadas. Sentí una bofetada de aire gélido nocturno, poca gente paseaba estas horas allí abajo, lejos de aquel séptimo piso. Vi el vacío, como llamándome con promesas de salvación intransigente, fría, oscura y gris. Demasiado seductor.
awimmawe
On 16/12/2008
levantarme y verificar el origen de aquel suceso, cojeando ahora por la sugestión--y ahora, extrañamente, por el dolor--que me provocaba la herida. Fui con la mirada fija en las huellas, como aun no creyéndome lo que veía, excéptico de aquella surrealista situación; hasta el lateral de mi cama. Una botella rota de whisky
descansaba en el piso, ensangrentada. No pude evitar elevar la mirada: la sangre no se conformaba con reposar en el suelo.
Mi mente se aturulló, y mi cuerpo se negó a obedecerme durante unos largos segundos, hasta el punto de casi perder el equilibrio. Ahora, con la luz del baño encendida, eran visibles una gran cantidad de manchas de rojo carmín en las paredes y en las sábanas.
Pero no pensé en eso.
No pude.
Mi concienca volvía a martillearme y esta vez, me daba pistas, señalándome acusadora de mi delito. Mi ego y mi furia se escondieron cobardemente en mi subconsciente dejandome sólo y desamparado ante el bulto que se escondía bajo la manta empapada. Mi mano se acercó lentamente, tensa, como forzándose a retrasar lo inevitable.
--No...
Ahora sabía por qué me sentía mal.
--No, por favor...
Ahora sabía de que tenía miedo.
--No... No volveré a hacerlo, te lo prometo...--sollozaba, pero era demasiado tarde. Al destapar a mi mujer de su lugar de reposo me di cuenta. Ahí yacía, como un fardo tirado, sin un ápice de vida, con los ojos vidriosos y abiertos esperando una compasión que nunca llegó. Ya no soportaría nunca más mi ira, mi fuerza bruta ni mi violencia;
awimmawe
On 16/12/2008
intensa e incisiva, clavándose en mi frente como una estaca. Me agarré la cabeza de pura desesperación y grité, golpeando el espejo haciéndolo añicos.
--¡Ya basta!--exclamé entre lloros, volviéndome hacia la puerta del baño con violencia, buscando estúpidamente una respuesta a aquella locura sacando valor de donde no había. Entre lágrimas, me tambaleé hacia el inodoro para sentarme. Cerré los ojos fuerte y, horrorizado, me tapé los oídos con las manos ya que las voces ahora se atrevían a acosarme también en vigilia.
--¡Dejadme en paz!
No tuve elección, alguien me dijo que abriera los ojos y lo hice, no me pregunté el porqué porque simplemente no había razón; y cuando lo vi, las voces callaron. Silencio sepulcral.
Vi huellas, huellas de sangre que salían del cuarto de baño y parecían dirigirse al dormitorio. La visión, aun borrosa por el lagrimeo, me consternó, era confuso que alguien estuviera en el baño antes que yo, era, sencillamente, imposible. Pestañeé varias veces para aclarar la vista y examinar rigurosamente la situación para darme cuenta de la irónica realidad. Las pisadas no salían del aseo, si no que entraban, después un amasijo de ellas y, consecutivamente, dirigidas hasta la taza del váter donde estaba sentado. Con los ojos desorbitados comprobé, sin poder emitir sonido alguno, que la sangre procedía de mis pies, más concretamente de un profundo corte en el exterior del pie derecho, cerca del empeine.
Como hipnotizado por algún ilusionista macabro, no pude si no