La vez que por primera vez fui a la peluquería, la vez primera que recuerdo, la peluquera coloco unos colchoncitos para hacer su técnica uniformadora sobre mi pelo. Recuerdo que en esos entonces le dijo a mi madre un designio que no se me escapa:
Uy, señora, este niño tiene la cabeza llena de remolinos: le va a salir porfiado...
Ahora que me acuerdo, que el recuerdo inunda mis otros recuerdos desperdigados, entiendo como los designios, cada uno de ellos, los viejos los nuevos, se impregnan como una lapa en el hangar de las corduras para hacernos temblar de espasmos cuando los hacemos funcionar con la maquina del presente: como si todo estuviera tan escrito como la magnitud de lo vivido.
Pero, si los designios están, son solo para hacerlos desaparecer o mutar, para hacerlos brotar con nuevas hojas y semillas, para reventarlos y hacerlos engrandecer en una mufa completa de la dedicación actual.
También recuerdo cuando leí "Y uno aprende", de Borges.
Yo alcance a comprender a Jorge a destiempo.
Leí ese poema hace años, muchos. Lo encontré tan bueno como la boca que lo suspiro. Increible en la dedicación, en la profundidad, en el cuento perpetuo de lo que uno puede y debe aprender: en fin, en esos recovecos que arman y desarman la trashumancia profunda de habitarse el cuerpo.
Hoy, al releerlo, pensé dos cosas: la primera es que los sentido mutan y que solo con eso, bastaría un solo libro para hacernos temblar y crecer y subir y bajar y todo en el devenir de lo vivido y, segundo, que la porfia me habia hecho leer sin entender, sin detenerme a pensar que lo importante esta al alcance simple de la vista.
Hoy aprendi aquella sutil diferencia
entre besar un cuerpo y encadenar un alma,
entre sostener un alma y quebrarse la vida,
entre asir por querer depender
y de fluir con la sola idea de vivir recordando bien...
Hoy agradezco a Jorge por su buen tiempo y esa enormidad dentro de sus enormidades.
On July 04 2010
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