Del tiempo en que creía que todo era posible guarda una caja llena de cartas, fotos y discos compactos en mp3. Escribía cualquier cosa con una lista de reproducción llena de guitarras y baterías eternas. Y, por supuesto, casi cualquier cosa hacía sonreír al objetivo de su primera cámara digital. Defendió los baggy ante la estrechez estética y combinó los colores oscuros cada día con unas buenas botas de montaña. Cualquier propósito era posible con Marina y si no lo era siempre quedaba Madrid. No estaba descontenta con lo que había escogido, pero ahora combinaba mal.
Se había duchado con agua caliente y aguantó allí, sin prisa, hasta que ésta se acabó y se le estremeció todo el cuerpo. Salió, pisando suavemente sobre una alfombrilla mojada y llena de pelusas. Y envuelta en una toalla de playa se quedó un rato más esperando la condensación del agua adherida al espejo. Pequeñas gotas resbalaban de arriba hacia abajo formando ríos. Fue esquivando el reflejo una y otra vez hasta que resultó inevitable verse. Entonces cogió la toalla y el reloj sumergible en agua que ella nunca sumergía y salió de allí. Se sentó en la cama, se hizo un hueco entre los montones de ropa, apagó la música y se tumbó. Al cerrar lo ojos sólo vio colores y caras de gente descontenta. Algunos agachaban la cabeza otros le recriminaban su salida a la calle y hubo incluso uno que la ignoró al pasar por el lado, llevándosela por delante y haciéndola caer al suelo tras golpearse con su hombro. Cuando se levantó del suelo vio que ya era de noche. Se había quedado dormida en mitad de la acera y llevaba puesto un viejo pijama de verano color rojo. Era de noche pero no había nadie por la calle, y tampoco luz. Las farolas estaban apagadas y los escaparates vacíos. No sabía que hora era pero no había tráfico tampoco; ni siquiera un taxi. Empezó a andar en línea recta. Iba descalza, y le dolían los pies a causa del frío suelo. Por alguna razón, siempre que desconocía su ubicación, empezaba a andar en cualquier dirección con la idea de encontrarse con alguna referencia conocida que le marcara, por lo menos, cómo de lejos se encontraba de casa. Pero allí no había nada, aquel lugar no lo conocía. Todo era blanco, negro, gris y antiguo.
Poco a poco fue llegando a una calle alargada. En ella, las casas eran estrechas y endebles y entre sus ventanas salían ramas de árboles que algún día estuvieron vivos. Para acceder a ella, había que escalar montones de piedras grises y pesadas. Y por la razón que fuera, lo hizo. Subió despacio hasta hallarse en lo alto de aquella extraña estructura. Una vez estuvo allí comenzó a llorar ante lo que tenía delante y no pudo dejar hacerlo durante meses. Con el tiempo, se hundió, el agua se lo llevó todo. Arrasando montañas enteras de piedras y aquellas extrañas construcciones. Conduciéndolo todo calle abajo, sin parar con nada, sin que nada permaneciera en su lugar original. Nada era como había sido antes, el agua lo había devastado todo.
Se despertó estornudando, la noche había entrado por la ventana de la habitación. Fuera estaba lloviendo, hacía frío y el aire había volcado algunas de las macetas que había en el balcón. Decidió que debía vestirse, ir a lavarse la cara y cerrar la ventana. No fuera a ser que el frío y la lluvia encontraran su habitación vacía y decidieran acomodarse allí.
Anna Anguix
On June 09 2011
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pateticamenteyo
On 14/06/2011
Rincón de añoranza, de pensar en esa Marina qe casi todos teníamos, en esa época de rebeldía y rebelión, de no considerar nada imposible. Ahora resulta tan fácil hablar del pasado, qe a menudo olvidamos hablar del presente...
photograph_art
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