Siempre fue una chica de las que enamoran.
De esas que cortan la respiración. De las que impasibles, te obligan a girar la cabeza tras sus pasos. De piernas interminables. De caderas de infarto. De tez tostada. De ojos de gato. De pelo al viento y ondas que desobedecen a menos que les des un buen planchazo.
Nunca llevaba rímel, sus pestañas eran tan largas que hasta podían hacer cosquillas a sus párpados.
Y siempre con su sonrisa, como si fuera de revista, de las que parecen ensayadas frente al espejo del cuarto de baño, y tan natural al mismo tiempo como los primeros brotes tras un invierno helado.
Por eso, cuando la vi, sabía que todo lo que había sido, se había apagado. No sé a dónde, ni siquiera me lo quiso decir. Quizás ella tampoco lo supo. Pero lo que era cierto y seguro es que algo le estaba pasando.
Esa mágica luz se había apagado. Su mirada permanecía perdida cabizbajo y arrastraba sus pestañas barriendo su paso con la misma dificultad y lentitud que quien carga al cuello un pesado saco. Y su sonrisa... ¿dónde se escondió esa sonrisa? Sostenida por aquellos labios... ¡qué labios! Tan tiernos al besar, tan firmes al hablar.
Era una chica de armas tomar. De las de genio y encanto. Con carácter, dulzura, inocencia y seguridad. A veces amansaba su fiera y las más, la sacaba a pasear.
Fría, incapaz de sentir y padecer, cuando te miraba con esos ojos que podían obligarte a retroceder. Segundos más tarde, podía encandilarte como la misma ternura que la mejor de las amantes.
Con sueños imposibles que se afanaba por algún día alcanzar. Lo mismo huía ansiosa por ver mundo, que perdía la cordura por migajas de amor, torciendo todo el curso de su existencia buscando besos y convirtiendo su distorsionada realidad base de su devoción.
- No te agotes, Elena. No te abandones. No evapores hasta el último resquicio de tu esencia, eso que enamora a mujeres y hombres. No desaparezcas. Que la vida es corta para pasarse media buscando algo que quizás no exista.
On January 16 2012
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