“Vértigo que el mundo pare, qué corto se me hace el viaje”, dijo una vez Ismael Serrano. Linda canción, lindo tono, preciosa frase, vertiginoso vértigo. Esta noche, sin embargo, cambiaría, si él me deja, su canción para adaptarla a la mía: “Vértigo que el mundo pare, qué largo se me hace el viaje”.
Me tiemblan las ideas ante un vértigo de vidas cruzadas que no forman un mismo camino. Me tiembla el valor. La fé. Las ganas. La meta. Las bases.
Qué pasaría si me plantase de brazos cruzados y le dijese un día a mi “destino”: sigue tú, que yo aquí me quedo. Qué pasaría si me negase a deslizarme de entre los abrazos que criaron mis sonrisas, a soltarme de las manos que se enredaron en las mías. Si enrabietada dejase salir mi grito, gritase estoy harta, me hartase de emprender, siempre, nuevos caminos. Y qué si me quiero quedar en el camino donde estuve años atrás…Pero cómo forzar sin forzar para que todo siga igual, sería un apático imposible.
Un compañero, una compañera en el viaje…la certeza de saber que eso, sólo eso, no iba a cambiar. Por eso vértigo que el mundo pare, qué largo se me hace el viaje. Un viaje sin sentido, que no lleva a ningún camino. Una apátrida en corazones.
Y me quedo en un por qué, por qué una vida de caminos cruzados que no forman sino un laberinto embrujado…un para qué…
así…para nada…
On July 09 2010
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