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    • http://www.youtube.com/watch?v=vAowtSsVZb0 ) sin que me enrojezcan los ojos; y no puedo. [i]Dejó de escuchar discos: cada canción que oía, las que más amaba, las que sabía tocar con los ojos cerrados, eran ya el testimonio de una estafa. Cuando bebía mucho imaginaba cartas larguísimas que nunca llegó a escribir y se quedaba mirando obstinadamente el teléfono. Recordó una noche de varios años atrás: acababa de conocer a Lucrecia y concebía livianamente la posibilidad de acostarse con ella, pero sólo habían conversado tres o cuatro veces, en el Lady Bird, en una mesa del Viena. Llamaron a la puerta, le extrañó porque ya era muy tarde. Cuando abrió, Lucrecia estaba frente a él, del todo inesperada, disculpándose, ofreciéndole algo, un libro o un disco que al parecer le prometío y que Biralbo no recordaba. Contra su voluntad se estremecía cada vez que sonaba el timbre del teléfono o el de la puerta y luego renegaba de sí mismo por haberse concedido la debilidad moral de suponer que tal vez era Lucrecia quien llamaba.[/i] Antonio Muñoz Molina – El invierno en Lisboa | alcon"> Share on Orkut
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Lost in Thunder Road

Apurando el último pitillo del paquete, a las 3:42 AM me pregunto por qué motivo siempre me veo a mi mismo en los libros que compro a deshoras en librerías extrañas. Vuelvo a intentar escuchar Thunder Road ( <a href="http://www.youtube.com/watch?v=vAowtSsVZb0" rel="nofollow noindex external">http://www.youtube.com/watch?v=vAowtSsVZb0</a> ) sin que me enrojezcan los ojos; y no puedo.

Dejó de escuchar discos: cada canción que oía, las que más amaba, las que sabía tocar con los ojos cerrados, eran ya el testimonio de una estafa. Cuando bebía mucho imaginaba cartas larguísimas que nunca llegó a escribir y se quedaba mirando obstinadamente el teléfono. Recordó una noche de varios años atrás: acababa de conocer a Lucrecia y concebía livianamente la posibilidad de acostarse con ella, pero sólo habían conversado tres o cuatro veces, en el Lady Bird, en una mesa del Viena. Llamaron a la puerta, le extrañó porque ya era muy tarde. Cuando abrió, Lucrecia estaba frente a él, del todo inesperada, disculpándose, ofreciéndole algo, un libro o un disco que al parecer le prometío y que Biralbo no recordaba.
Contra su voluntad se estremecía cada vez que sonaba el timbre del teléfono o el de la puerta y luego renegaba de sí mismo por haberse concedido la debilidad moral de suponer que tal vez era Lucrecia quien llamaba.


Antonio Muñoz Molina – El invierno en Lisboa




On July 13 2009 13 Views



Avatar nonewsfromirene

nonewsfromirene On 17/07/2009

comprar libros a deshoras es genial, sobre todo si son de Muñoz Molina





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